Epitafio

Aunque ya existe una declaración implícita de que este pobre blog no tiene nada más que ofrecer, no está de más hacer una entrada muy sencilla diciendo que exoendogenia está cansada de la vida y  ha encontrado en la caída libre del Viaducto de Madrid una nueva forma de deporte de riesgo. Eso sí, lo dejo abierto y accesible por si cualquiera de las entradas que publiqué en su día pudiesen ser de utilidad para cualquier alma perdida que deambule por estos mundos de los ceros y los unos. Las naranjas al sol entran en descomposición, y los blogs mueren algún día, ¡pero la buena música nunca muere! Os dejo el “Rano Pano” de los Mogwai a modo de despedida. Hasta siempre, gracias a tod@s y por todo.

N. Delgado

12M15M, la lucha sigue.

Haber estado un año viviendo en el extranjero me ha hecho desvincularme bastante de los avances que se han ido realizando desde las distintas plataformas cívicas que buscaban un cambio social. No obstante, no he estado al margen de algunos de los sucesos más indignantes que han ocurrido durante estos meses en España, y eso sí que ha seguido alimentando mi inconformismo con este panorama en el que nos encontramos a día de hoy. Una de las sensaciones más desagradables que he sentido al llegar a Madrid ha sido esa atmósfera de desesperanza. El año pasado terminé mis estudios en Psicología, igual que otros amigos míos que han terminado sus estudios en otras ramas del conocimiento. El sentimiento compartido es la desilusión, la incertidumbre hacia el futuro, así como las bajas expectativas de encontrar un trabajo acorde al nivel de estudios; es más, las bajas expectativas de encontrar, simplemente, un trabajo. En este sentido, he podido observar algunos de los síntomas del fatalismo, uno de los síntomas más perniciosos de una sociedad, especialmente si se quiere impulsar el cambio social, pero uno de los efectos que más favorece al statu quo.

Asumir un discurso fatalista implica la pérdida de la proyección hacia el futuro al considerar que lo que está sucediendo no tiene cambio, que no se puede hacer nada por cambiar el sistema, teniendo como consecuencia la focalización en el presente: un presente que sólo brinda desesperanza y resignación. Gran parte de las bases de esta forma de afrontamiento la ocupa un sistema configurado falsamente democrático, así como el discurso neoliberal que vierte sobre la responsabilidad individual tanto el éxito como el fracaso, obviando y olvidando variables y factores de carácter sistémico. No obstante, no deja de ser fascinante cómo la defensa de determinados partidos políticos muchas veces no se rige por criterios de objetividad, sino por criterios más vinculados con la identidad social, y eso es algo que saben manejar muy bien los políticos.

Bajo esta lógica en la que nos encontramos, donde se socializan las pérdidas y se privatizan las ganancias, las personas de la calle tenemos todas las de perder, como de hecho ya estamos comprobando día a día en la prensa, donde algún titular hablando sobre nuevos recortes se ha convertido en lo habitual. Tenemos que recuperar la confianza, pero no en el gobierno, no en los mercados, no en estas instituciones sociales que poco o nada les preocupan los ciudadanos; tenemos que recuperar la confianza en nosotros mismos, en la fuerza y en el poder que tenemos quienes vivimos en este país. La Constitución dice -aunque a día de hoy suene a chiste- en su primer artículo:

Artículo 1 – Constitución Española de 1978

1. España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.

2. La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.

3. La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria.

Hay mecanismos para cambiar la situación: nosotros mismos somos el motor más importante de cambio. El día en que muchos dejen de pensar que el cambio no es más que una utopía y se desembracen de ese discurso fatalista, entonces será cuando la transformación sea posible. Para todos aquellos que creéis en el cambio, mañana nos reuniremos en Puerta del Sol otra vez, para mostrar nuestro inconformismo, para mostrar que no todos quienes habitamos en este país somos corderitos mansos que obedecen ciegamente las actuaciones de quienes están en el poder.

Regreso a Madrid, camino hacia una nueva vida.

Han sido muchos meses sin actualizar, sin escribir, sin tan siquiera consultar el estado del blog. Me sorprende descubrir que aún hay gente que sigue visitándolo, que aún haya personas que se siguen interesando por sus contenidos.

Ciertamente, ha sido complicado compaginar la construcción de una nueva vida en un país extranjero con la actualización de este espacio. Hubiese sido bonito haber escrito la evolución de mi estancia en Polonia mes a mes, pero creo que realmente necesitaba un tiempo para mi propia reflexión y supongo que no tenía fuerzas suficientes para exteriorizar de una forma literaria mis sentimientos y pensamientos.

Estos 9 meses de expatriación han dado para vivir muchas experiencias y muchas situaciones que han sido completamente nuevas para mí; situaciones que me han supuesto cambios drásticos en mi forma de comprender y dirigir mi vida. No ha sido fácil, pero supongo que en esa dificultad de los acontecimientos está el camino para crecer y fortalecerse como persona.

Y volver a Madrid, terminar con mi experiencia en Polonia, supone un nuevo reto: el de encontrar mi lugar en un contexto social y económico nada favorable. Toda mi forma de enfocar mi vida ha cambiado por completo, y ahora ha llegado el momento de volver a construir una nueva vida con el objetivo de ser feliz y sobrevivir, que no es poco. Pero vayamos paso a paso, que han sido muchos meses de silencio.

Una española en Białystok (I) – El inicio del no saber.

No sé por dónde empezar. No sé qué eventos seleccionar para comenzar a escribir acerca de mi estancia en Białystok. Durante un mes he sentido una invasión de pensamientos y sentimientos que me han paralizado y me han impedido poner en orden todos los estímulos que no paraban de introducirse en mi cabeza. Nuevo idioma, nueva gente, nuevo sistema, nueva cultura. En definitiva, una nueva vida.

Porque sí, mi primer mes en Białystok ha sido como un renacer. En Madrid dejé todo lo que me hace tomar conciencia de que soy alguien: mis estudios, mi trabajo, mis relaciones sociales, mi idioma, mi cultura. El momento en que dejé atrás mi vida y me encontré sola conmigo misma en la sala de embarque del aeropuerto de Barajas fue la oportunidad que me hizo vivir ese renacer: no paraba de llorar, tenía miedo, me sentía desprotegida, vulnerable; me sentía como un bebé que necesita de su madre para poder sobrevivir. Pero la diferencia es que, para mí, había llegado el momento de crecer únicamente con mi propio calor, con mi propio apoyo y con mi propio amor. No nos enseñan a convivir con nosotros mismos y es igual de importante aprender a vivir solos como aprender a convivir con los demás. Con 24 años aún no había aprendido a estar conmigo misma, a aguantar mis pensamientos y sentimientos, a soportar la soledad.

Sigo sin saber cómo continuar este artículo, porque así ha sido mi primer mes aquí: un no saber, un vivir en la completa desorientación. “Nie rozumiem po polsku” (no entiendo polaco) era mi frase favorita, y la que mejor describía mi estado. Nuevas amistades, nuevos rincones, nuevos diálogos. Nuevas situaciones que a veces no entiendo y quiero comprender. Nuevas experiencias que llegan como un huracán y revolucionan todo lo que había aprendido; como un terremoto que rompe los andamios sobre los que había construido mis marcos de referencia. El caos, el no poder pensar, el no poder poner en orden todos esos pensamientos en ebullición, el no poder procesar todos esos sentimientos que a veces consiguen alejarme de quien creía ser.

Pero, poco a poco, tras la tempestad, llega la calma y el entendimiento. “Caminante no hay camino, se hace camino al andar“, decía Machado. No sabía cómo comenzar este artículo pero ya sé cómo terminarlo porque he empezado a andar. Ya he empezado a poner en orden mi nueva vida y estoy empezando a saborearla, porque la única forma de llegar a disfrutar de algo, es cuando uno logra pasar del no saber, al conocer.

Puntos de inflexión.

Sin aliento. Así he llegado al final del curso y al final de la carrera. Tengo la mala costumbre de necesitar estar siempre ocupada porque sino me aburro, y ahora que todos mis proyectos para este año han terminado, siento cierto vacío, aunque también siento vértigo ante el nuevo proyecto que me acompañará a lo largo de los próximos 7 meses.

Hoy ha sido el día en el que se ha establecido una brecha entre mi pasado y mi futuro. Hoy pagué las tasas para la expedición del título de la carrera, por lo que hoy me he convertido en antigua alumna. He perdido mi identificación de estudiante en SIGMA (el sistema de expedientes de la universidad) y he ganado un papel que acredita que soy licenciada en Psicología. Esto supone una pequeña crisis de identidad, porque la muletilla de “estudiante de…” ha pasado a convertirse en una categoría social distinta. Se me hace raro autodenominarme “psicóloga” tras tantos años siendo estudiante; siento que es una categoría que me queda grande dado que siento que aún me queda mucho por aprender. Sin embargo, el hecho es que hoy ha sido un día de transmutación que implica un paso hacia otra fase de mi vida, y esta nueva fase va a comenzar con una pequeña aventura: mi viaje como voluntaria europea a Polonia.

A dos semanas de mi marcha, me invaden ciertos pensamientos intrusivos del tipo “tenía que haber hecho un máster y haberme dejado de historias“. Sin embargo, y aún a pesar del miedo que siento al ver que el día del viaje se acerca, pienso que ha sido una buena decisión haber optado por realizar un proyecto de voluntariado europeo. Hay ocasiones en las que uno debe decidir a qué dar más prioridad, si hacia el proyecto profesional, o hacia el proyecto personal. Tras 6 años en los que la prioridad ha estado en lo profesional, siento que ha llegado el momento de volcar algunos de mis esfuerzos hacia ese proyecto personal. ¿Para eso es necesario irse a Polonia? Pues hombre, quizás no, pero este proyecto me ofrece la oportunidad para enfrentarme a muchos de los fantasmas que aún me atormentan y contra los que no puedo luchar en mi ciudad al disponer de esos pequeños ángeles que me ayudan cuando estoy en apuros.

En dos semanas estaré en una nueva ciudad, en una nueva cultura, en un nuevo entorno con divisa, idioma, clima y costumbres diferentes a las de mi ciudad de origen; ciudad en la que he vivido y crecido a lo largo de estos 24 años y a la que diré “hasta pronto”. Siento miedo, pero es lo que tiene la incertidumbre. Siento tristeza, pero es lo que tiene no poder llevarme miniaturas de las personas a las que quiero. Tengo esperanza, por saber que esta experiencia merecerá la pena desde el mismo instante en que pase el control de seguridad del aeropuerto de Barajas y me despida de mi familia y mi novio. En Polonia me esperan nuevas experiencias, nuevos amigos, nuevas rutinas en una ciudad de 300.000 habitantes y en un centro de recepción de refugiados y buscadores de asilo que más que buscar un proyecto personal lo que buscan es su supervivencia ante las dinámicas grotescas de la violencia política. Me siento una privilegiada al poder permitirme el lujo de realizar este ejercicio de reflexión personal. Creo que aprenderé mucho al sumergirme en un colectivo que no tiene espacio para la reflexión personal porque ese espacio está desbordado por la tarea de buscar y encontrar formas de sobrevivir a las consecuencias de los conflictos armados.

Hoy ha sido el dia en que pasé de ser “estudiante” a “licenciada”. Hoy ha sido el día en que pasé de dar prioridad a lo profesional para dársela a lo personal. Hoy ha sido el día en que sustituyo mi cómoda vida de estudiante por un nuevo proyecto que probablemente me genere crisis personales, pero que también me permitirá crear nuevos espacios de reflexión y aprendizaje. Hoy ha sido, sencillamente, un punto de inflexión.

Vacaciones.

Ha sido un mes muy estresante, pero ¡por fin estoy oficialmente de vacaciones!🙂 apenas he tenido tiempo para hacer cosas que fueran más allá de la terminación del trabajo de investigación y de la preparación de la presentación del congreso, pero hoy por fin llegué de Barcelona (ciudad en la que siempre me pasan desgracias y esta vez se ha traducido en la pérdida de mis gafas) y mañana me marcho unos días a Roma. Empiezo a sentir algo de pánico dado que el 1 de agosto me marcho definitivamente a Polonia, aunque me tranquiliza haberme puesto en contacto con quien será mi compañera: una chica francesa, genial para recordar mi malogrado francés. Me quedan 3 semanas que espero aprovechar al máximo antes de sumergirme en la cultura polaca y en la realidad del colectivo de refugiados. Tengo pendiente escribir muchas cosas, pero mi cabeza está en otros asuntos. Ahora mismo sólo tengo fuerzas para escribir estas escuetas líneas y para centrar todas mis energías en disfrutar de este viaje que me espera. Arrivederci!🙂

Manifestación 19-J: cosas que no pueden esperar.

Hay cosas que pueden esperar, pero hay otras que sólo se dan una vez en la vida. Y una de esas cosas únicas es la manifestación que hemos vivido hoy en Madrid, al igual que en otros puntos de España. Tras recorrer más de 5 kilómetros desde mi barrio hasta la plaza de Neptuno, con ilusión y esperanza por que esta obscena situación social que estamos viviendo cambie, vuelvo muy orgullosa de tod@s l@s que hemos estado allí aguantando el sol y el calor unidos por una causa, con independencia de adherencias partidistas y de ideologías políticas. Y vuelvo con la firme creencia que, después de lo que he vivido hoy, este movimiento ya no hay quien lo frene. Ni siquiera los medios de comunicación que traten de deslegitimarlo podrán, porque el poder de Internet y de los ciudadanos es inmenso; igual de inmenso como la fuerza de convocatoria que ha tenido hoy esta marcha por la recuperación de nuestra dignidad y por la lucha contra quienes pretenden arrebatárnola a través de medidas de dudosa responsabilidad social.

Hoy ha quedado patente que no somos “un grupo de jóvenes indignados”, somos un pueblo compuesto por personas de todas las edades que estamos hart@s de seguir siendo l@s grandes perdedores de esta crisis. En esta España aún tristemente quebrada por la dicotomía de bandos, nunca pensé que podría ver las semillas de la construcción del sentimiento de “pueblo”. Hoy me he acordado de cuando estuve en Berlín y veía esa frase que se paseaba por los rincones de la ciudad: “Wir sind ein Volk” (nosotros somos un pueblo). En su momento no imaginaba que algún día pudiese sentir esa unión como la que sienten los berlineses, hasta hoy, cuando en Oporto nos hemos juntado las columnas que venían de Aluche y Carabanchel; cuando en la Puerta de Toledo nos hemos unido con la columna del Templo de Debod; cuando en Atocha nos vemos juntado los de Getafe y Vallecas; y cuando en la plaza de Neptuno nos hemos unido todas las columnas que hemos recorrido las calles de Madrid desde distintos puntos. Cuando percibes que formas parte de un todo, cuando se te eriza el vello al ver que cada gota de esperanza contribuye a crear un oceáno pacífico, cuando sientes que tu futuro puede volver a estar en tus manos y no en la de otros que quieren volver a colocarte las cuerdas en tus brazos, en tus piernas, en tu conciencia como ciudadano, es cuando sabes que esto no hay quien lo frene.

En Oporto.

Los distintos barrios del distrito de Latina, de camino a Marqués de Vadillo.

De Marqués de Vadillo a Puerta de Toledo.

Dejando atrás la Puerta de Toledo y de camino a Embajadores.

Ya en Atocha (pensaba que no llegaba por la suma del calor que hacía y mi tensión baja...)

Plaza de Neptuno frente al Congreso de los Diputados.

Y, ahora, ¡a volver a mi vida de ermitaña hasta nuevo aviso!

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