De regreso: resumen de los sucedido en estos días de ausencia.

Siempre es difícil regresar de vacaciones para volver a embarcarse en la dinámica diaria. Desde hace unos años, motivada por varios problemas personales, me vi obligada a dejar algunas asignaturas para la convocatoria de septiembre; al principio fue una obligación, pero luego empecé a hacerlo como forma de espaciarme más el trabajo y así poder hacer más cosas durante el resto del año. Por este motivo, durante estos años, mis vacaciones siempre han sido cortas (un año tuve una vacaciones que duraron… 1 día xD), y generalmente a finales de septiembre, cuando ya no hay sol y empieza a apretar el fresco. Pero este año ha sido diferente y por fin he vuelto a tener unas vacaciones normales. A parte del interrail, también he podido estar unos días en la playa, los cuales, en la época en que cayeron ambos, nos vinieron muy bien para recuperarnos.

De estas vacaciones vuelvo con muchas anécdotas y, sobre todo, con muchas reflexiones. Al diseñar el interrail de este año no me planteé en ningún momento que llegaría a estar tan bien hilado en relación a toda la historia del siglo XX. El motivo por el cual lo realizamos así fue porque queríamos viajar, pero sin gastarnos mucho dinero, por eso elegimos como destino principal Polonia, que es un país barato, pero ya que estábamos allí, queríamos pasar por Praga y Berlín, que estaban cerca. Así, nuestra ruta fue Varsovia-Cracovia-Praga-Berlín y, finalmente, Frankfurt, destino lanzadera, ya que el avión desde allí nos salía muchísimo más barato que desde Berlín.

Como resumen, me llamó muchísimo la atención Polonia. Si no hubiese sido por andar justa de dinero, nunca me habría planteado viajar a ese país, y no me arrepiento en absoluto que haber ido. Acostumbrada a las grandes capitales de la Europa Occidental, esperaba de Varsovia algo similar: grandes edificios clásicos. Mi desilusión llegó al ver que esos grandes edificios clásicos son prácticamente inexistentes; los hay, pero no en toda la extensión que hubiera soñado. Al principio no caí, pero la II Guerra Mundial hizo estragos en esta ciudad y, parece que no, pero en los países que gozaron del Plan Marshall se nota muchísimo la diferencia con respecto de aquellos países que quedaron absorbidos por la URSS. Cracovia me gustó más estéticamente, se ajustaba más a mi modelo de ciudad de la Europa Occidental. Pero, sin duda, lo que más me gustó de Cracovia fueron las minas de sal de Wielicka y el escalofriante campo de concentración de Auschwitz. Las minas de sal son una maravilla escondida a 150 metros por debajo de la superficie. Y Auschwitz es indescriptible. En Auschwitz había tres campos de concentración. Yo estuve en Auschwitz I y en Auschwitz II, conocido como Auschwitz-Birnekau este último. Hay que verlo para poder llegar a sufrir el dolor de los estragos que hizo el nazismo. Me impactó mucho el primer momento que entré en Auschwitz I (donde los barracones los han convertido en museo): me lo imaginaba gris, oscuro y seco. Sin embargo, era un entorno bucólico, con “casitas” de ladrillo rojo y jardines por todas partes. Creo que no podré borrar jamás de mi mente tres situaciones: la primera, el pasadizo por el que había colgadas fotografías de prisioneros del campo. Esas caras descompuestas, esos ojos llenos de pánico… se me pusieron los pelos de punta al ver esas caras, con nombres y apellidos (en su mayoría, polacos) y con la fecha de entrada al campo y la fecha de defunción: apenas duraban meses, y quienes más, un año como máximo. Me impactó tantísimo que, de hecho, hace poco he tenido una pesadilla con una de las caras que vi en ese pasadizo. La segunda, cuando entramos en uno de los crematorios de Auschwitz I. Qué horrible imagen y qué sensación más extraña la de estar haciendo cola para entrar en un sitio del que nosotros sabíamos que podríamos salir pero mucha gente que entró hace 70 años sabía que si entraba, no saldría jamás. Y, finalmente la tercera, cuando desde el autocar, llegamos a Auschwitz II (el campo más grande de Auschwitz) y vi la extensión tan brutal del campo. Me impresionó ver que sólo hay un alambre de espino, no hay nada más que separe la libertad o la muerte. Fue brutal estar allí dentro, sobre todo en uno de los barracones, donde el olor que desprendía la madera era un olor que jamás había percibido. Me revolvió la tripa y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Me acordé muchísimo de ciertos individuos con los que tuve la desgracia de compartir clase hace unos años y que simpatizaban con las ideas de Hitler. “Imbéciles”, pensé. Me quedo con una frase que había escrita en Auschwitz I:

The one who does not remember history is bound to live through it again” George Santayana.

En breve nos acostumbramos a la maravilla que supone Polonia de cara al gasto económico. Allí está todo super barato (4 Zloty = 1 Euro; una botella de un litro de Fanta en la estación, 4 Zlotys). Nos sentimos como cuando los ingleses iban con su libra a España y despilfarraban. Nosotros no despilfarramos, pero sí pudimos darnos algún “capricho” en forma de Coca-Cola en vez de beber agua de la cantimplora xD. Al llegar a Praga, al principio llegamos pensando en Zlotys y las Coronas nos resultaron caras (25 Coronas = 1 Euro; una jarra de cerveza de medio litro en una terraza al lado de la plaza de la Ciudad Vieja, 40 Coronas), pero luego comparándolo con Madrid, Praga es más barato. Me enamoré de Praga. Es una ciudad preciosa. El momento en que entramos a la plaza de la Ciudad Vieja fue impresionante. Jamás se me habían puesto los pelos de punta por ver tantísima belleza arquitectónica. Fue un momento muy intenso y aún recuerdo mi cabeza girando por la plaza, degustando segundo a segundo toda esa obra de arte a gran escala. La cerveza de Praga riquísima (probamos Gambrinus y Pilsner Urquell), igual que aquel Vodka con naranja que probamos en la fiesta del tren nocturno de camino a Praga xD.

Y después de Praga, Berlín. De un tiempo a esta parte me ha generado mucho interés Alemania. No sé explicar por qué ni cuándo comenzó, sólo sé que acabé estudiando alemán y a día de hoy me planteo irme un verano a trabajar a allí. Aún a pesar de todo lo que he estudiado, aún sigo sin enterarme de prácticamente nada, pero no desisto; es un idioma complicado, pero no imposible. Me hizo ilusión poder entenderme con un alemán cuando estábamos perdidos en la estación y queríamos llegar a una calle xD. Luego al final lo acabé pervirtiendo y mezclaba alemán, inglés y francés; producto de los nervios. “Wo sind les toilettes, please?” (¿Dónde están los baños, por favor?), “Ich möchte ein Milk Coffee, bitte” (Quiero un café con leche, por favor) y alguna aberración más de esas cometí xDDD. Mi primera impresión de Berlín fue bastante negativa: no me gustó nada, estaba todo demasiado occidentalizado. Quería ver más historia en sus edificios; tuve una sensación similar a Varsovia, salvo que Varsovia se veía una ciudad pobre, mientras que Berlín me recordaba a ratos a Barcelona, sobre todo en la Unter den Linden, que era muy parecida a Las Ramblas barcelonesas. No fue hasta el tour que hicimos sobre el Berlín Rojo al día siguiente cuando disfruté de Berlín. No me imaginaba que quedó tan devastada por la II Guerra Mundial, no sólo a nivel práctico, sino también a nivel humano tras su posterior reparto entre Francia, Gran Bretaña, EE.UU. y la URSS. Y es que en Berlín la historia está en los rincones, en el espacio, no tanto en los edificios. Hicimos un tour precioso que representó muy bien la Berlín de la Guerra Fría y valoré muchísimo más esos momentos en los que pisábamos alegremente la zona por donde pasaba el muro. Me acordé del universo de 1984 cuando nos comentaron las acciones de la Stasi y me planeé el revisionado de esa pedazo de película que es “La vida de los otros” desde esta nueva perspectiva.

Y, finalmente, Frankfurt. Fue como una guinda. Tras ver y revivir los males de la guerra y la tensión de la Guerra Fría, viajar a Frankfurt fue una sensación agria. Como decía, se nota mucho los países que gozaron del Plan Marshall, y en la zona de la antigua R.F.A. no es para menos. La ciudad financiera, llena de yuppies comiendo delicias en las terrazas de restaurantes, en muchos casos dejando platos llenos de comida porque estaban satisfechos; y nosotros, con 10€ en el bolsillo, con unas pintas asquerosas y teniendo como comida para ese día un trozo de pan y un bote de paté para compartir. Fue extraño, muy extraño. Me gustó la zona vieja de Frankfurt, pero después de haber estado donde estuvimos, poca importancia le di a esos preciosos edificios de la plaza del ayuntamiento: tanto ansié ver edificios clásicos al principio del viaje que luego al final me importaron más bien poco.

Los momentos que recuerdo con cariño de este viaje han sido, entre otros, la pseudo-penuria que hemos tenido que vivir a causa de la escasez de presupuesto. Hemos pasado hambre, sed, frío, miedo… pero como decían nuestros abuelos, la necesidad agudiza el ingenio, y pasar por una situación así es toda una lección de vida, porque aprendes cosas que de ninguna otra forma podrías aprender. También recuerdo con mucho cariño a las personas que hemos ido conociendo a lo largo del viaje y siempre recordaré con especial cariño ese compartimento de aquel nocturno donde nos unimos a una fiesta (o más bien la fiesta se unió a nosotros xD) de unos chavales polacos y probamos el Vodka polaco a su estilo: 1 hit juice, 1 hit Vodka, 1 hit juice; eso sí, sin faltar el taco estrella de los polacos: “kurva!” (que viene a ser como una expresión comodín al estilo de “joder”). Recordaré con cariño todas esas calles, esas gentes, esas costumbres, esos rincones repletos de historia. Una historia de la que Europa no se siente muy orgullosa, pero al fin y al cabo es su historia y, como tal, nunca se debe olvidar para no volver a cometer los mismos errores del pasado.

También hubo momentos malos, como cuando estuvieron a punto de robarnos en las taquillas de la estación de Berlín; cuando nos multaron en el metro de Berlín por no haber renovado el ticket; o cuando perdimos el vuelo de Frankfurt a Madrid (fuimos al aeropuerto internacional de Frankfurt, pero nuestro vuelo salía de Frankfurt-Hahn, un aeropuerto secundario a 140km de donde nos encontrábamos nosotros: demasiado tarde para llegar). Estuvimos a punto de no poder regresar a Madrid hasta, por lo menos, el domingo (nos marchábamos el viernes), y con 10€ en el bolsillo. Recuerdo que en ese momento me vine abajo, lo pasé francamente mal. Lo bueno es que finalmente pudimos regresar de la mano de la compañía LAN, y por primera vez, montamos en un Airbus, con los lujos de un avión transatlántico, y eso que íbamos en la clase económica. Cuando pisé la T4 madrileña más allá de las 22:30 de la noche, pensé: “ya no esperaba pisar esta noche Madrid, pero aquí estamos, en casa“. Aún a pesar de todo ello, ha sido el viaje más bonito que he hecho hasta ahora. Probablemente, si nos lo hubiésemos propuesto, no hubiese salido igual. Aún me quedan muchas horas de transcripción del diario que fuimos escribiendo durante el viaje, así como el procesado de fotos; pero poco a poco :).

El beso de la muerte entre Honecker y Breznev. Abajo pone: "Dios mío, ayúdame a sobrevivir de este amor letal".

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