Crónica de un viaje: explorando Polonia – Parte IV: Final de Cracovia

Esta crónica es un resumen del cuaderno de viaje redactado por mi chico y yo. También añado información que pueda ser de utilidad para futuros viajeros.

Final de Cracovia

15 de agosto de 2010, 6 de la mañana. Hoy, como ayer, otro madrugón. Pero, esta vez, con un propósito menos puro. El dinero empieza a escasear y ya habíamos gastado la mitad del presupuesto. Estábamos justo en el ecuador del viaje. Nos quedaban 100€ para pasar los días en Praga, Berlín y Frankfurt. Nuestras provisiones de comida también empezaban a decrecer. Así pues, aprovechando el buffet de desayuno, decidimos coger algo de comida para añadirla a nuestras provisiones, pensando especialmente en la cena de esa noche y en el desayuno del día siguiente, puesto que esta era la noche del nocturno y, por tanto, sin buffet de desayuno en un hotel. Ahora bien, para hacer esto, hay que ser elegante, o al menos intentamos serlo. En una mesa estratégicamente situada con un punto muerto muy poderoso, metimos en nuestra mochila sandwiches de jamón y queso junto con varios tarritos de mermelada. A esa operación la llamamos cariñosamente mi novio y yo como la “Operación mano rápida y boca lenta”; mano rápida por lo obvio y boca lenta, para no despertar sospechas de cara a los camareros allí presentes. Después de desayunar durante una hora (una hora sin parar de comer) subimos a nuestra habitación, a volver a dormir hasta el check-out.

Primera ronda de uno de nuestros desayunos. Solíamos hacer entre 3 y 4 rondas; así tardábamos una hora en desayunar xD.

10 de la mañana, se acabó el descanso. Hace muchísimo calor, nos duchamos y ya partimos con nuestros trastos hacia la estación de trenes, para dejar las mochilas en una taquilla. El calor realmente era ficticio: en la calle hacía una temperatura agradable, aunque un poco fresca. Adiós al hotel que nos había dado cobijo durante 3 noches. Adiós al barrio de Kabel y adiós a toda esa zona tan pintoresca de Cracovia.

Ya en la estación, metemos a presión nuestras mochilas de 60 litros cada una (con una técnica especial que inventamos sobre la marcha y que luego utilizaríamos en el resto de estaciones para ahorrarnos dinero) en una taquilla de las pequeñas. Con los 3 Zl que nos ahorramos de la taquilla, nos compramos una deliciosa Coca-Cola: uno nunca aprecia tantísimo algo tan simple como un refresco hasta que la posibilidad de conseguirlo se vuelve remota. La escasez de bebida y de comida ya empiezó a a hacer sus pequeños estragos en nosotros y los deseos de beber algo que no fuera agua de la cantimplora o de comer algo que no fuera ensaladillas en bote o rebanadas de Bimbo con latas de atún comenzó a ser muy fuerte. Pero con 100€ para ciudades más caras que Polonia… había que aguantarse y a aprender a controlar los deseos.

Nuestra idea para ese día era visitar la zona del castillo de Wawel junto con el barrio judío (Kazimierz). Pero, el día no acompañó mucho y el cielo amenazaba con llover constantemente. Nos dirigimos hacia la zona del castillo pero, mientras intento tomar una panorámica con el río Vístula como protagonista, sin apenas notarlo, una tromba de agua nos inunda. El fallo de todo este plan es que no teníamos paraguas y la capa de agua que teníamos decidimos dejarla en Madrid porque pesaba mucho y teníamos miedo de sobrepasar el peso de equipaje de mano (al final acabamos facturando, así que fue un tremendo error no meterla en la mochila finalmente). Nos dan las 14:30 y allí estamos, en Wawel, frente a la catedral, con muchísimo frío, refugiados en un portal mientras comemos almendras para entrar en calor. Yo tenía los pies helados y más cuando llevaba sandalias. De la forma más inesperada, nos volvemos a encontrar con Miguel, el chico que conocimos en las minas de sal de Wieliczka. Cansados de estar refugiados, una vez que ha aflojado la lluvia, decidimos movernos poco a poco para terminar de ver el Wawel y regresar a la estación para ponerme unos calcetines y secarnos un poco.

Wawel, frente al Vístula.

Castillo de Wawel.

Catedral de Cracovia.

Ya en la estación, dirigimos nuestro camino hacia el barrio judío. Allí, todo es extrañamente más caro en comparación con el resto de Cracovia. Visitamos el cementerio judío, donde hay un monumento a las víctimas del Holocausto. Dentro obligan a los hombres llevar sombrero, así que mi chico se pone la capucha de la sudadera. El interior del cementerio era curioso. En vez de flores, había piedras. Las lápidas eran en su mayoría negras. Las babosas y los caracoles dominaban el terreno y, si no te andabas con mucho cuidado, acababas enviando al otro mundo a alguno de esos animalitos: bueno, al menos estaban cerca de su destino. Vimos algunas sinagogas y varios bares judíos. Intentamos tomarnos un café, pero el elevado precio del mismo nos echó para atrás. El frío no perdonó y yo, que me empezaba a notar un poco mal, nos metimos en un tranvía, dando vueltas, para poder entrar en calor y recuperarme.

Valla de una sinagoga del barrio judío.

Regresamos finalmente a la estación, donde me tuve que tomar un té bien caliente para poder volver a entrar en calor y recuperarme del malestar que me había agarrado la tripa. Allí, mientras cenábamos nuestros sandwiches sustraídos del hotel junto con pan con Nocilla, conocimos a una pareja de mochileros procedente de Madrid. Intercambiamos risas y experiencias. Ellos venían de Praga e iban hacia Bratislava, mientras que nosotros íbamos hacia Praga. Nos contaron que Praga es preciosa, que nos gustará mucho más que Cracovia. No eran los únicos que nos lo habían dicho ya. Con este precioso atardecer, nos dirigimos hacia el nocturno camino a Praga, despidiéndonos de estos agradables chicos.

Atardecer desde una de las ventanas de la estación.

Nuestro tren salía a las 22:11 y llegaba a Praga a las 6:50. Cuando llegamos a nuestro vagón, el 350, descubrimos que los compartimentos eran estrechísimos: en menos de 2 metros cuadrados, ocho plazas. Cuando encontramos nuestro compartimento, pensamos que había habido un error y fuimos a preguntar al revisor: pues no, ese era nuestro compartimento. En el compartimento, a oscuras, sólo veíamos a unos chavales que apestaban a alcohol. Oh no. Pero sí, ese era nuestro sitio; y nosotros pretendíamos dormir. Una vez dentro, conocimos a Manuel y a Natasha, una pareja de mochileros que también viajaba hacia Praga. En los cuatro asientos restantes, había cuatro chicos polacos, de los cuales sólo conocimos el nombre de uno: Tom, que era el más carismático del grupo. Sus edades oscilaban entre los 16 y 24 años. Tom nos comentó cuál iba a ser el plan de esa noche en ese compartimento: primero, beber cerveza; segundo, beber vodka; y por último, unos porros. Mi chico, Manuel, Natasha y yo lo único que supimos hacer fue reír y reír a la par que ellos también reían y reían. La policía de aduanas se paseaba y, cuando los chavales polacos los veían, escondían la cerveza y el vodka; así que hicimos lo mismo que ellos cuando aparecía la policía. Un poco de rap polaco, una cámara de vídeo profesional y un pijama empapado en cerveza que acabó por la ventana del compartimento, junto con una conversación bastante divertida y agradable con Manuel, Natasha y los chavales polacos fueron los platos fuertes de la noche. Los chavales polacos fueron muy agradables: nos ofrecían todo lo que tenían, que si patatas fritas, que si sandwiches, que si botes de medio libro de cerveza, que si porros… Aprendimos a tomar vodka como lo toman los polacos: 1 hit de zumo de naranja y 1 hit de vodka. Descubrimos con ellos que “kurwa” es el taco favorito de los polacos, como puede ser “joder” entre los españoles. También descubrimos que los sueldos en Polonia son muy bajos, de ahí que todo nos pareciera tan barato. Y constatamos que el nivel de inglés de los jóvenes polacos es impresionante en comparación al de los jóvenes españoles. Fue una noche muy divertida y con muchas risas. Finalmente, un revisor les llevó a todos a otro compartimento porque llevaban un billete de grupo y tenían que estar todos juntos. Se despidieron y, asombrosamente, limpiaron toda su suciedad del compartimento, concretamente un chico que llevaba una camiseta de rayas y que nunca supimos su nombre (pero sí que tenía 17 años, aunque por su forma de hablar y de comportarse, parecía de 25; he visto chicos mayores de 25 más infantiles que “el chico polaco de la camiseta de rayas”, así que olé por él). Pudimos dormir algo, aunque muy malamente, y eso que éramos sólo cuatro. Al llegar a Praga, nos despedimos de Manuel y Natasha, con la idea de volver a vernos por Praga casi seguro.

Así nos despedimos de Polonia, de sus vistas, de sus edificios, de sus gentes. Fueron unos días muy bonitos en este país que nunca me había llamado la atención sobre el mapa, pero que tanto ha sufrido a lo largo del siglo pasado. Me sentí como en casa, y eso que no tenía ninguna conexión con su extraña lengua. Pero aún a pesar de esos carteles incomprensibles, me sentí cómoda y muy integrada. Adiós Polonia, ojalá volvamos a verte otra vez antes de morir :).

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