Crónica de un viaje: conozcamos Praga (II).

Esta crónica es un resumen del cuaderno de viaje redactado por mi chico y yo. También añado información que pueda ser de utilidad para futuros viajeros.

Praga, segundo día

17 de agosto de 2010, 10 de la mañana. Tras un copioso desayuno, que bien pudo parecer que era para 5 ó 6 personas (el mejor que he tomado en mi vida, o al menos el que mejor me ha sentado xD) junto con largas horas de sueño reparador, nos dirigimos a conocer la zona del castillo junto con el barrio de Malá Strana.

Paseando por la zona de la calle Karlova, el cielo empieza a amenazar con lluvia, hasta que llovió. Nosotros, sin paraguas, decidimos no volver a pasar el mismo frío del último día de Cracovia, así que compramos un paraguas en una tienda china. Nos costó 100 Kc el paraguas (unos 4€). Al estar atravesando el Puente de Carlos, una ráfaga de viento nos rompe el paraguas. No duró ni media hora vivo. Una mezcla entre risa y rabia nos invade y en medio del puente, nos echamos a reír pensando en la mala suerte que habíamos tenido, porque nos estábamos calando vivos pero no podíamos comprarnos un nuevo paraguas. A tirar con él.

Paseando por las inmediaciones al Puente de Carlos.

Carlos IV, custodiando el puente que lleva su nombre ;-).

Llegamos a la isla de Kampa (entre el río Moldava y el arroyo del Diablo) y allí tomamos algunas fotos al paisaje y a algunas esculturas que estaban repartidas por la zona. Allí nos comimos una torre de galletas Disko (qué ricas que estaban, cogí cariño a las Disko xD), que habíamos comprado anteriormente en un supermercado checo llamado Albert (donde descubrí una bebida llamada Eiskaffee, que era café con leche en un brick como de zumo, con pajita y todo, que no encontré curiosamente en Alemania). Exploramos la zona de Malá Strana y nos tomamos un repiro al lado de la Iglesia de San Nicolás (en la calle Tankové Pivo), tomándonos en una cervecería, por 30 Kc (1,20 €) una jarra de medio litro de cerveza. Echando de menos la costumbre del tapeo, mientras nos tomábamos nuestra cerveza, nos sacamos unos panchitos de la mochila. Y menos mal, porque la subida a la zona del castillo prácticamente la hicimos en zig-zag. Pegó muy fuerte ese medio litro.

Arroyo del Diablo, en la isla de Kampa.

Paseando por Malá Strana.

"Tumba" a John Lennon, como símbolo de protesta contra el sistema soviético.

Calles de Malá Strana

Plaza de Malá Strana. Al fondo, la Iglesia de San Nicolás.

Jardín Wallestein.

Cosa rara que daba mal rollito en el Jardín Wallestein.

Tankové Pivo.

A vuestra salud ;-).

Tras una especie de retorno al mundo real, llegamos a la zona del castillo a las 18:00. Vimos el Palacio Real con su cambio de guardia, la catedral de San Vito, el Loreto y el Monasterio de Strahov, además de magníficas vistas panorámicas desde lo alto de la colina. Una zona preciosa. Finalmente, nos dirigimos hacia el callejón de oro, al número 22, donde vivió Franz Kafka, pero estaba cerrado por obras. ¿El mundo me impedía disfrutar de mi escritor favorito? Pues parece que sí, porque tras ver la zona del castillo, nos dirigimos hacia el café Franz Kafka, para tomarnos esa prometida copa, pero cuando llegamos estaban cerrando (¿a las 20:00 de la tarde? Pues sí).

Había una buena subida hasta el castillo...

El Loreto.

Entrada al castillo. Dentro está la Catedral de San Vito y el Palacio Real.

En el número 22 vivió Kafka... pero estaba cerrado el acceso a la calle ¬¬.

Vista desde una colina del castillo.

El Moldava y el Puente de Carlos :).

Praga es una ciudad preciosa; ciudad a la que me gustaría regresar para disfrutar de toda su esencia. Ahora bien, me gustaría volver en una época en la que haya menos turistas, ya que como decía mi novio, la presencia de tantos extranjeros te impide apreciar la vida de los praguenses. También me quedo con ganas de degustar comida checa, que tenía muy buena pinta desde las terrazas. ¡Ah! y desmintiendo un mito (esto no lo digo yo, lo dice mi novio): las chicas de Praga no son para tanto; siguen siendo más guapas las polacas. En el caso de los hombres, a mí ninguno me llamó la atención, pero ni en Praga ni en Cracovia ni en Varsovia, aunque mi novio dice que es que yo tengo el perfil muy alto (yo creo que no es cierto, pero bueno). Más allá de la charla, nos teníamos que levantar a las 4:30 de la mañana para tomar el tren hasta Berlín, que salía a las 6:31. A dormir y, adiós, Praga, fue un grandísimo placer haberte conocido :).

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