Crónica de un viaje: Frankfurt y regreso.

Esta crónica es un resumen del cuaderno de viaje redactado por mi chico y yo. También añado información que pueda ser de utilidad para futuros viajeros.

Frankfurt

20 de agosto de 2010. Nuestro último día. Siempre que llega ese momento en el que tomas conciencia de tener que regresar a tu ciudad, sufro un pequeño proceso de duelo, porque lo que me pide el cuerpo en esos momentos es no volver y recorrer el mundo con lo puesto. Pero sé que aún no ha llegado ese momento. Para emprender una aventura así hay que conocerse muy bien y siento que aún no estoy preparada para ello. No obstante, pretendo lograrlo y, con lo cabezota que soy, sé que si me lo propongo, lo conseguiré. Cuando esté lista, me iré con una pequeña mochila, un billete de avión de ida a Moscú y a recorrer mundo desde oriente a occidente. Pero bueno, sigamos con Frankfurt xD.

El tren salía a las 5:48 de Berlín Hauptbahnhof. Como era obvio, el sueño era bestial al tener que habernos levantado a las 4:00. En el tren, unos pequeños demonios de unos 2 y 3 años, aproximadamente, nos dieron la mañana. Apenas pudimos dormir y, encima, hacía un frío espantoso dentro del tren. Me tuve que tapar con mi toalla de la ducha (entre la toalla y los calcetines con las sandalias creo que parecía una indigente xD), pero fue en vano, porque seguía estando helada.

Un dolor de cabeza y unos cuantos estornudos después, llegamos, por fin, a Frankfurt. Al llegar a la estación, todo parecía más claro que en Berlín: taquillas localizadas; oficina de turismo localizada; metro localizado; todo bajo control. Nos tomamos un café, preguntamos cómo llegar al aeropuerto en la oficina de turismo (salíamos a las 17:25 hacia Madrid con Ryanair) y nos dan unas instrucciones que estaban en inglés, alemán y español. Teniendo todo controlado, nos disponemos a patear la ciudad.

Frankfurt es una ciudad pequeña que se puede ver fácilmente en una mañana; como de hecho hicimos. Eso sí, no tenía nada que ver con Berlín; encajaba más con la homogeneidad de las ciudades del oeste de Alemania. En Frankfurt se mezclan grandes rascacielos con calles pintorescas y edificios clásicos. Y también se mezclaron dos seres con pintas cutres (es decir, nosotros) entre todos esos yuppies de la zona financiera, lo cual hacía la situación bastante bizarra y cómica a la vez. Vimos el Banco Central Europeo y toda la zona financiera, además de la Ópera, la Bolsa, la Catedral y la plaza del Ayuntamiento. Después de un recorrido de unas 2 horas a pie, nos despedimos de Frankfurt dando un paseo a orillas del río Meno (Main), donde mi novio encontró una abandonada y solitaria moneda de 2€ en un banco del paseo.

Banco Central Europeo.

Marcando estilo xDDD (yo soy la de la mochilita naranja y blanca que está sacando una foto).

La Ópera.

La Bolsa.

Iglesia.

Plaza del Ayuntamiento.

El Ayuntamiento.

Río Meno (siento acabar esta crónica con esta foto tan insulsa, pero ese día no tenía a mi angelito artístico de mi parte xD).

Cuando llegamos a la estación, nos habían dado las 14:15. Nos tomamos una Coca-Cola que regalaban a la entrada de la estación. Con la Coca-Cola nos dieron un vale con el que tomar un helado gratis en un Burger King: pensamos tomarlo al llegar al aeropuerto. Cogemos nuestras mochilas y nos vamos al metro para llegar al aeropuerto; al único aeropuerto que venía en el plano, es decir, el aeropuerto internacional de Frankfurt. Llegamos en 10 minutos. Al llegar, buscamos el panel de salidas. Vaya, sólo aparecen hasta las 17:15; el nuestro salía a las 17:25. “Vamos al servicio tranquilamente y en un rato volvemos” eso pensamos y eso hicimos. Al volver otra vez al panel de salidas, ya habían puesto los vuelos hasta las 17:55. ¿Y nuestro vuelo? ¿Por qué no sale? “Buah, será porque sólo son vuelos de Lufthansa…“. No, no podía ser, también había vuelos de Spanair, Air Berlin, EasyJet… ¿qué está pasando? Vamos a un punto de información y nos dicen lo siguiente: “su vuelo no sale de este aeropuerto; Ryanair no trabaja con este aeropuerto“. Golpe en la frente. Bueno, eran ya las 3 y pico de la tarde, a lo mejor nos daba tiempo a llegar en un tren o en un autobús. “¿Dónde está este aeropuerto? ¿Cómo podemos llegar?“. Y el buen hombre, nos dice: “Frankfurt-Hahn está a 140km de aquí. Hay un autobús que se coge en la terminal 2, pero tarda casi dos horas y el siguiente sale a las 16:15“. Creo que nunca en mi vida había sentido algo parecido. No daba crédito cuando dijo que estaba a 140 km. En mi mente ya pensé “hemos perdido el vuelo“, pero otra parte de mí tenía que luchar por intentar no perderlo a toda costa. Fuimos como locas bestias corriendo por la terminal 1 para llegar a las terminal 2 e intentar coger el bus, con la esperanza de que tuviese un retraso en su salida de las 15:15. Con varios kilos a la espalda, con el sueño acumulado y con la ausencia de haber comido en condiciones durante varios días, creo que nunca he corrido con tantísima fuerza en toda mi vida. Salimos de la terminal 2 y vemos el bus a lo lejos. El último sprint. Llegamos, pero el conductor nos da la mala noticia de que teníamos que esperar al de las 16:15.

Nunca había perdido un vuelo. No teníamos más que 10€ en el bolsillo. No teníamos comida para esa noche. Teníamos que llegar el sábado a Madrid y, en ese momento, lo único que teníamos era la tarjeta de embarque de un vuelo que no podríamos coger. Me derrumbé. Necesité 5 minutos para calmarme. Se me ocurrió, como última alternativa, consultar a un taxista cuánto nos cobraría y cuánto tardaría en llegar a Frankfurt-Hahn: 160€ y, pisando muy fuerte, en 50 minutos estaríamos allí. No llegábamos, porque teníamos que facturar y el mostrador de facturación ya habría cerrado. Necesité 15 minutos para calmarme. Después de asimilar la situación, lo siguiente fue buscar alternativas. Fuimos al mostrador de Lastminute y nos dijeron que el único vuelo para ese día a Madrid costaba 180€ por persona; salía a las 19:25. Dios, hemos vivido 10 días con 200€… ¿cómo íbamos a gastarnos un total de 360€ en un vuelo? Buscamos más alternativas, y la única forma era consiguiendo una wifi para conectarnos desde el móvil a Internet. Preguntamos por todas partes y unos camareros de un pequeño bar de la terminal 2 nos ayudaron mucho, señalándonos que había dos ordenadores promocionales de Samsung con conexión a Internet en un sitio de la terminal, ya que la wifi era de pago en el aeropuerto. Miramos, y el siguiente vuelo desde una low cost (en este caso, Ryanair) salía el domingo: necesitábamos llegar el sábado. Efectivamente, el vuelo más barato era el de 180€ con la compañía LAN.

Tras varias idas y venidas desde el mostrador de LAN al ordenador de Samsung, tomamos una dura decisión: comprar el vuelo de 180€ con nuestros ahorros. Si lo comprábamos por Internet, nos salía por 120€, pero comprarlo por Internet no nos garantizaba poder volar, porque al haber tan poco tiempo de margen (quedaba una hora y media aproximadamente para la salida del vuelo) las bases de datos no se refrescan constantemente, sino cada cierto tiempo, y puede que llegásemos al mostrador de facturación con el localizador pero sin posibilidad de emitirnos la tarjeta de embarque. No quisimos arriesgarnos a perder 120€, y compramos nuestra tranquilidad de volar seguro por 60€.

Después de pasar tres controles de seguridad y de dedicarme miraditas y cumplidos el policía del segundo control (un hombre de unos 40 años que hablaba inglés con un potente acento alemán xD) llegamos a la zona de espera para embarcar. Eran las 19:00 y no habíamos comido nada, salvo un poco de pan huntado en un bote de paté que nos quedaba. Tenía muchísima sed. Afortunadamente, dentro del avión, no sólo nos sirvieron bebida, sino también comida. Fue la primera vez que monté en un avión transoceánico, ya que ese avión viajaba a Santiago de Chile y hacía escala en Madrid. Fue curioso montar en ese avión, ya que mi madre es, precisamente, de Santiago de Chile. Mi madre llegó a España con 25 años (mi madre va camino de los 60, así que lleva ya unos cuantos años en España) y, desde entonces, nunca ha regresado a su país. Y yo, con 23 años, de una forma fortuita, estaba montada en un avión que, de quedarme allí dentro, me llevaría a la ciudad donde nació y se crió mi madre. Quizás sea una tontería, pero me sentí extraña.

El regreso

Llegamos casi a las 22:00 a la terminal 4 de Madrid-Barajas. Nunca me había alegrado tanto de llegar a Madrid, ya que una gran parte de mí llegó a asumir que esa noche no estaría aquí. Pero aquí estábamos. Ya nada estaba en polaco, en checo o en alemán. Todo era terreno conocido. Un sentimiento de familiaridad me invadió. A mí la patria siempre me ha dado bastante igual: no, no se me eriza el pelo al ver la bandera española y el himno, para mí, es una canción más que entraría dentro de esas canciones que no me dicen nada. Pero más allá de los estados y de los mecanismos políticos para fomentar sentimientos nacionalistas, el arraigo a tu tierra, en el sentido más literal del término, es algo que no se puede eludir y, después de un viaje tan movido e intenso, volver a pisar el suelo de la ciudad donde he vivido 23 años, fue una sensación que nunca antes había tenido y que fue bonito e interesante de experimentar.

Al llegar a casa, nos esperaba un plato abundante de comida que había preparado mi madre. Si ya de por sí estoy muy concienciada con la comida y odio dejar restos en el plato, esa noche, aunque estaba llena tras un buen rato comiendo sin parar, no quise dejar absolutamente nada. Al entrar en mi habitación y meterme en mi cama, al notar el contacto con mis sábanas y mi almohada, sentí ese precioso cansancio de cuando uno, siendo niño, ha estado toda la tarde jugando en el parque y termina derrotado de tanto disfrutar. Cerré lo ojos y dormí profundamente.

Para mí este ha sido uno de los viajes más bonitos que he realizado hasta la fecha. No sólo he vivido situaciones que nunca antes había experimentado, sino que me ha permitido reconstruir gran parte de la historia contemporánea de Europa y rescatar conocimientos de psicología grupal para entender aberraciones como el nazismo o conflictos como el de la Guerra Fría desde una visión psicosocial. Aunque terminé estudiando Psicología por algún motivo que aún no termino de comprender (yo siempre quise estudiar Arquitectura o Ingeniería Informática, así que no sé qué me llevó a terminar estudiando Psicología xD), el hecho de estudiar esta carrera te hace ver el mundo de una forma muy especial, lo cual me ha hecho disfrutar de este viaje aún más si cabe. En este punto de mi vida, el hecho de poder realizar este viaje ha sido una oportunidad muy valiosa; oportunidad que agradezco mucho a mi novio, porque sin él nada de esto hubiera sido igual. Ya tengo ganas de volver a coger la mochila para seguir aprendiendo, como dice mi abuela, de esa gran escuela que es la vida ;-).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: