La no-pérdida.

Y llegó ese amargo momento en el que me percaté, en el que decidí asumir la realidad en lugar de seguir negándola. Es todo un proceso de duelo, como quien pierde un ser querido, pero en esta ocasión no es una pérdida física e irreversible, sino una pérdida relacional y estacionaria. Es una pérdida basada en el vacío que se genera al descubrir que esa persona no puede conectar con tus emociones y proporcionarte apoyo desde ese plano. ¿Por qué? ¿Porque no sabe? ¿Porque no quiere? ¿Porque no puede? Me cansa preguntarme por el porqué: lo encuentro un esfuerzo fútil al carecer de la perspectiva de la otra persona. Incluso, saber el porqué no aliviaría mi malestar: me serviría para comprender los actos de esa persona, pero en ningún caso solucionaría el problema de conexión emocional mutua.

No obstante, quizá no se trate de una pérdida; quizá simplemente siempre fue así, pero afrontar la realidad con toda su crudeza no es fácil porque duele. El dolor que produce descubrir que esa persona, esa misma persona que considerabas tan cerca de ti, en realidad se halla tan lejos, es indescriptible. Como cuando ante la promesa “agarrémonos bien fuerte las manos, hasta el final“, en el momento de caer, notas la ausencia de un punto de apoyo así como la libertad de tu mano, y lo único que ves son tus manos arañadas sobre un montón de arena y piedras. Esa sensación de promesas erradas y de soledad es indescriptible. Llegó el momento de asumirlo y de dejar de negarlo.

Anónima, discurso reconstruido.

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