Lisboa, muito obrigado!

Hoy he vuelto de mi viaje-express a Lisboa y, aunque siempre vuelvo triste de los viajes (me tiraría viajando el resto de mi vida), hoy he vuelto especialmente triste. Han sido tres días muy bonitos en los que he descubierto una ciudad preciosa (aunque con sus impactantes contrastes entre la riqueza y la pobreza) y lo amables y simpáticos que son los portugueses. Vuelvo con la depresión post-viaje por las nubes, pero regreso con la idea de volver a visitar Lisboa y otras ciudades portuguesas (y con la esperanza de volver a tragarme el 50×15 en portugués xDDD). Y mañana, a la vida real, esperando con ganas el próximo viaje… pronto escribiré la crónica y subiré fotos ;-).

Puente de Vasco de Gama; me impresionó mucho verlo desde el avión (no tengo foto de ese momento, así que la tomo prestada).

Crónica de un viaje: Frankfurt y regreso.

Esta crónica es un resumen del cuaderno de viaje redactado por mi chico y yo. También añado información que pueda ser de utilidad para futuros viajeros.

Frankfurt

20 de agosto de 2010. Nuestro último día. Siempre que llega ese momento en el que tomas conciencia de tener que regresar a tu ciudad, sufro un pequeño proceso de duelo, porque lo que me pide el cuerpo en esos momentos es no volver y recorrer el mundo con lo puesto. Pero sé que aún no ha llegado ese momento. Para emprender una aventura así hay que conocerse muy bien y siento que aún no estoy preparada para ello. No obstante, pretendo lograrlo y, con lo cabezota que soy, sé que si me lo propongo, lo conseguiré. Cuando esté lista, me iré con una pequeña mochila, un billete de avión de ida a Moscú y a recorrer mundo desde oriente a occidente. Pero bueno, sigamos con Frankfurt xD.

El tren salía a las 5:48 de Berlín Hauptbahnhof. Como era obvio, el sueño era bestial al tener que habernos levantado a las 4:00. En el tren, unos pequeños demonios de unos 2 y 3 años, aproximadamente, nos dieron la mañana. Apenas pudimos dormir y, encima, hacía un frío espantoso dentro del tren. Me tuve que tapar con mi toalla de la ducha (entre la toalla y los calcetines con las sandalias creo que parecía una indigente xD), pero fue en vano, porque seguía estando helada.

Un dolor de cabeza y unos cuantos estornudos después, llegamos, por fin, a Frankfurt. Al llegar a la estación, todo parecía más claro que en Berlín: taquillas localizadas; oficina de turismo localizada; metro localizado; todo bajo control. Nos tomamos un café, preguntamos cómo llegar al aeropuerto en la oficina de turismo (salíamos a las 17:25 hacia Madrid con Ryanair) y nos dan unas instrucciones que estaban en inglés, alemán y español. Teniendo todo controlado, nos disponemos a patear la ciudad.

Frankfurt es una ciudad pequeña que se puede ver fácilmente en una mañana; como de hecho hicimos. Eso sí, no tenía nada que ver con Berlín; encajaba más con la homogeneidad de las ciudades del oeste de Alemania. En Frankfurt se mezclan grandes rascacielos con calles pintorescas y edificios clásicos. Y también se mezclaron dos seres con pintas cutres (es decir, nosotros) entre todos esos yuppies de la zona financiera, lo cual hacía la situación bastante bizarra y cómica a la vez. Vimos el Banco Central Europeo y toda la zona financiera, además de la Ópera, la Bolsa, la Catedral y la plaza del Ayuntamiento. Después de un recorrido de unas 2 horas a pie, nos despedimos de Frankfurt dando un paseo a orillas del río Meno (Main), donde mi novio encontró una abandonada y solitaria moneda de 2€ en un banco del paseo.

Banco Central Europeo.

Marcando estilo xDDD (yo soy la de la mochilita naranja y blanca que está sacando una foto).

La Ópera.

La Bolsa.

Iglesia.

Plaza del Ayuntamiento.

El Ayuntamiento.

Río Meno (siento acabar esta crónica con esta foto tan insulsa, pero ese día no tenía a mi angelito artístico de mi parte xD).

Cuando llegamos a la estación, nos habían dado las 14:15. Nos tomamos una Coca-Cola que regalaban a la entrada de la estación. Con la Coca-Cola nos dieron un vale con el que tomar un helado gratis en un Burger King: pensamos tomarlo al llegar al aeropuerto. Cogemos nuestras mochilas y nos vamos al metro para llegar al aeropuerto; al único aeropuerto que venía en el plano, es decir, el aeropuerto internacional de Frankfurt. Llegamos en 10 minutos. Al llegar, buscamos el panel de salidas. Vaya, sólo aparecen hasta las 17:15; el nuestro salía a las 17:25. “Vamos al servicio tranquilamente y en un rato volvemos” eso pensamos y eso hicimos. Al volver otra vez al panel de salidas, ya habían puesto los vuelos hasta las 17:55. ¿Y nuestro vuelo? ¿Por qué no sale? “Buah, será porque sólo son vuelos de Lufthansa…“. No, no podía ser, también había vuelos de Spanair, Air Berlin, EasyJet… ¿qué está pasando? Vamos a un punto de información y nos dicen lo siguiente: “su vuelo no sale de este aeropuerto; Ryanair no trabaja con este aeropuerto“. Golpe en la frente. Bueno, eran ya las 3 y pico de la tarde, a lo mejor nos daba tiempo a llegar en un tren o en un autobús. “¿Dónde está este aeropuerto? ¿Cómo podemos llegar?“. Y el buen hombre, nos dice: “Frankfurt-Hahn está a 140km de aquí. Hay un autobús que se coge en la terminal 2, pero tarda casi dos horas y el siguiente sale a las 16:15“. Creo que nunca en mi vida había sentido algo parecido. No daba crédito cuando dijo que estaba a 140 km. En mi mente ya pensé “hemos perdido el vuelo“, pero otra parte de mí tenía que luchar por intentar no perderlo a toda costa. Fuimos como locas bestias corriendo por la terminal 1 para llegar a las terminal 2 e intentar coger el bus, con la esperanza de que tuviese un retraso en su salida de las 15:15. Con varios kilos a la espalda, con el sueño acumulado y con la ausencia de haber comido en condiciones durante varios días, creo que nunca he corrido con tantísima fuerza en toda mi vida. Salimos de la terminal 2 y vemos el bus a lo lejos. El último sprint. Llegamos, pero el conductor nos da la mala noticia de que teníamos que esperar al de las 16:15.

Nunca había perdido un vuelo. No teníamos más que 10€ en el bolsillo. No teníamos comida para esa noche. Teníamos que llegar el sábado a Madrid y, en ese momento, lo único que teníamos era la tarjeta de embarque de un vuelo que no podríamos coger. Me derrumbé. Necesité 5 minutos para calmarme. Se me ocurrió, como última alternativa, consultar a un taxista cuánto nos cobraría y cuánto tardaría en llegar a Frankfurt-Hahn: 160€ y, pisando muy fuerte, en 50 minutos estaríamos allí. No llegábamos, porque teníamos que facturar y el mostrador de facturación ya habría cerrado. Necesité 15 minutos para calmarme. Después de asimilar la situación, lo siguiente fue buscar alternativas. Fuimos al mostrador de Lastminute y nos dijeron que el único vuelo para ese día a Madrid costaba 180€ por persona; salía a las 19:25. Dios, hemos vivido 10 días con 200€… ¿cómo íbamos a gastarnos un total de 360€ en un vuelo? Buscamos más alternativas, y la única forma era consiguiendo una wifi para conectarnos desde el móvil a Internet. Preguntamos por todas partes y unos camareros de un pequeño bar de la terminal 2 nos ayudaron mucho, señalándonos que había dos ordenadores promocionales de Samsung con conexión a Internet en un sitio de la terminal, ya que la wifi era de pago en el aeropuerto. Miramos, y el siguiente vuelo desde una low cost (en este caso, Ryanair) salía el domingo: necesitábamos llegar el sábado. Efectivamente, el vuelo más barato era el de 180€ con la compañía LAN.

Tras varias idas y venidas desde el mostrador de LAN al ordenador de Samsung, tomamos una dura decisión: comprar el vuelo de 180€ con nuestros ahorros. Si lo comprábamos por Internet, nos salía por 120€, pero comprarlo por Internet no nos garantizaba poder volar, porque al haber tan poco tiempo de margen (quedaba una hora y media aproximadamente para la salida del vuelo) las bases de datos no se refrescan constantemente, sino cada cierto tiempo, y puede que llegásemos al mostrador de facturación con el localizador pero sin posibilidad de emitirnos la tarjeta de embarque. No quisimos arriesgarnos a perder 120€, y compramos nuestra tranquilidad de volar seguro por 60€.

Después de pasar tres controles de seguridad y de dedicarme miraditas y cumplidos el policía del segundo control (un hombre de unos 40 años que hablaba inglés con un potente acento alemán xD) llegamos a la zona de espera para embarcar. Eran las 19:00 y no habíamos comido nada, salvo un poco de pan huntado en un bote de paté que nos quedaba. Tenía muchísima sed. Afortunadamente, dentro del avión, no sólo nos sirvieron bebida, sino también comida. Fue la primera vez que monté en un avión transoceánico, ya que ese avión viajaba a Santiago de Chile y hacía escala en Madrid. Fue curioso montar en ese avión, ya que mi madre es, precisamente, de Santiago de Chile. Mi madre llegó a España con 25 años (mi madre va camino de los 60, así que lleva ya unos cuantos años en España) y, desde entonces, nunca ha regresado a su país. Y yo, con 23 años, de una forma fortuita, estaba montada en un avión que, de quedarme allí dentro, me llevaría a la ciudad donde nació y se crió mi madre. Quizás sea una tontería, pero me sentí extraña.

El regreso

Llegamos casi a las 22:00 a la terminal 4 de Madrid-Barajas. Nunca me había alegrado tanto de llegar a Madrid, ya que una gran parte de mí llegó a asumir que esa noche no estaría aquí. Pero aquí estábamos. Ya nada estaba en polaco, en checo o en alemán. Todo era terreno conocido. Un sentimiento de familiaridad me invadió. A mí la patria siempre me ha dado bastante igual: no, no se me eriza el pelo al ver la bandera española y el himno, para mí, es una canción más que entraría dentro de esas canciones que no me dicen nada. Pero más allá de los estados y de los mecanismos políticos para fomentar sentimientos nacionalistas, el arraigo a tu tierra, en el sentido más literal del término, es algo que no se puede eludir y, después de un viaje tan movido e intenso, volver a pisar el suelo de la ciudad donde he vivido 23 años, fue una sensación que nunca antes había tenido y que fue bonito e interesante de experimentar.

Al llegar a casa, nos esperaba un plato abundante de comida que había preparado mi madre. Si ya de por sí estoy muy concienciada con la comida y odio dejar restos en el plato, esa noche, aunque estaba llena tras un buen rato comiendo sin parar, no quise dejar absolutamente nada. Al entrar en mi habitación y meterme en mi cama, al notar el contacto con mis sábanas y mi almohada, sentí ese precioso cansancio de cuando uno, siendo niño, ha estado toda la tarde jugando en el parque y termina derrotado de tanto disfrutar. Cerré lo ojos y dormí profundamente.

Para mí este ha sido uno de los viajes más bonitos que he realizado hasta la fecha. No sólo he vivido situaciones que nunca antes había experimentado, sino que me ha permitido reconstruir gran parte de la historia contemporánea de Europa y rescatar conocimientos de psicología grupal para entender aberraciones como el nazismo o conflictos como el de la Guerra Fría desde una visión psicosocial. Aunque terminé estudiando Psicología por algún motivo que aún no termino de comprender (yo siempre quise estudiar Arquitectura o Ingeniería Informática, así que no sé qué me llevó a terminar estudiando Psicología xD), el hecho de estudiar esta carrera te hace ver el mundo de una forma muy especial, lo cual me ha hecho disfrutar de este viaje aún más si cabe. En este punto de mi vida, el hecho de poder realizar este viaje ha sido una oportunidad muy valiosa; oportunidad que agradezco mucho a mi novio, porque sin él nada de esto hubiera sido igual. Ya tengo ganas de volver a coger la mochila para seguir aprendiendo, como dice mi abuela, de esa gran escuela que es la vida ;-).

Crónica de un viaje: “Berlin, geliebte Berlin…” (II)

Esta crónica es un resumen del cuaderno de viaje redactado por mi chico y yo. También añado información que pueda ser de utilidad para futuros viajeros.

Berlín, segundo día

19 de agosto de 2010. Tras un sueño reparador, bajamos a probar el buffet del hotel. Impresionante, el mejor de todos lo que habíamos consumido. Había varias clases de pan, fruta, verduras, carnes, zumos, leche… aquéllo no parecía un desayuno, parecía más bien un buffet de comidas. Tras un intenso ágape, vamos hacia la oficina de información turística. Después de una conversación un poco bizarra con el dependiente, descubrimos que el tour que queríamos hacer sobre el III Reich no se realizaba ese día. Mierda. Eran las 8:30 de la mañana, así que nos fuimos camino al Reichstag (el parlamento) para visitarlo. Tenía los pies helados. Los calcetines que lavé no se habían secado para ese día, así que iba sólo con las sandalias. El clima en Berlín es bastante bipolar: de pronto hace un frío horrible como de repente hace un calor más digno de la costa mediterránea. Muerta de frío y con pequeños signos de catarro, decidimos andar hacia la Unter den Linden a ver si podía comprarme unos calcetines en alguna tienda. Damos con una tienda de souvenirs y, sin pensarlo, me compro unos calcetines muy majos y bien calentitos típicos de souvenir. Me sentía bastante ridícula con los pantalones a la altura de los gemelos, los calcetines y las sandalias, pero me dio absolutamente lo mismo y me apropié de ese extraño look hasta el final del viaje. De vuelta al Reichstag, con mis pies más calientes, descubrimos en un Starbucks, que está enfrente de la Puerta de Brandenburgo, un tour sobre el Berlín Rojo. Empezaba a la 13:00, era en español y costaba 10€. Sin pensarlo, decidimos hacerlo. Pero como quedaban varias horas hasta la 13:00, dimos un paseo por el Tiergarten (que no Biergarten, eso para otro momento xD) y los distintos monumentos y edificios que se encuentran en él.

Reichstag (y un cacho de cola, seguía y seguía hacia atrás...).

Marcando estilo xDDD (y lo calentita que estaba, ¿qué? ;-))

Monumento a los caídos soviéticos.

Edificio en el Tiergarten.

Casa de la cultura (en el Tiergarten).

La chabola de Angela Merkel.

El tour del Berlín Rojo ofrecido por la empresa SANDEMANs fue genial. Es un tour que se lo recomendaría a todo el mundo. A nosotros nos tocó como guía a una chica llamada Luciana, que parecía de Argentina o de Uruguay por el acento. Toda una lección de historia. Si durante nuestro viaje a Varsovia, Cracovia y Praga habíamos vivido la historia anterior a la finalización de la Segunda Guerra Mundial, con el tour del Berlín Rojo vivimos la historia del periodo de la Guerra Fría; fue el complemento perfecto para reconstruir cachito a cachito una parte de la historia europea del siglo XX. Durante el tour, me llamó mucho la atención la ubicación de los Mc Donald’s: en edificios que representaron al comunismo o sitios que eran conflictivos. Parecía como una especie de victoria simbólica; me llamó la atención. También me llamó mucho la atención los motivos por los cuales EE.UU. estaba en contra del muro de Berlín (al que llamaban “muro de la vergüenza” y que, para ellos, era un freno a la libertad del individuo) y los motivos que daba la URSS a favor del muro (para protegerse de la invasión de los valores capitalistas). Pensé en el muro de México y en otro muros que existen y que se siguen construyendo en el mundo. Pensé en el argumento que da EE.UU. para realizar según qué actos dudosos. Pensé en la identidad social, en la polarización, y en el pensamiento especular. Toda una lección sobre psicología de los grupos y conflicto social; una delicia para un psicólog@ ;-).

Sede de la extinta Stasi.

Muro.

Más muro.

Atravesando límites.

Contrastes (ese edificio era residencia de altos dirigentes soviéticos).

Mural de la zona conservada del muro (hay muchos más murales, está cerca de Kreuzberg).

Mural de "El beso de la muerte".

Bastante descriptivo.

A la que volvíamos, tuvimos la mala suerte del metro de Berlín, pero finalmente llegamos bien al hotel, con muchas ideas en la cabeza y con muchas sensaciones por el cuerpo. Durante mi visita a Berlín me acordé de una canción que sonaba en un curso de alemán de la Deutsche Welle (ya es viejo, pero es el mejor que he visto hasta la fecha): Deutsch, warum nicht? (Alemán, ¿por qué no?). Intenté buscar la traducción al español o al inglés de esa canción, pero no conseguí dar con ella. Así que, con un diccionario en una mano y con un libro de gramática en la otra, me animé a traducir esta canción. Seguramente la traducción que he hecho tiene errores gramaticales y semánticos, pero he intentado ser lo más fiel al significado de las palabras sin perder el sentido al pasarlo al español (y, aún así, hay cosas que me escaman xD). La canción es de 1978 y el título del disco que recoge esta canción creo que es muy significativo: “Was fang ich an in dieser Stadt?” (¿Qué hago en esta ciudad?). Creo que retrata muy bien la imagen que nos quisieron ofrecer en el tour que hicimos sobre el muro de Berlín, así que con esta canción cierro nuestro viaje a Berlín, una ciudad a la que cogí cariño. Por un momento me imaginé viviendo allí, pero inmediatamente pensé que yo jamás podría llegar a vivir del todo ese espíritu de pueblo unido que poseen los berlineses, porque no he vivido lo que ellos han vivido y no he sufrido lo que ellos han sufrido. El lema de “Wir sind ein Volk” (Nosotros somos un pueblo) que se repite entre calles y avenidas es algo que yo no podría compartir al no ser de su Volk. Al día siguiente teníamos que viajar a Frankfurt a las 5:48, así que a dormir. Aufwiedersehen, Berlin, geliebte Berlín.

Traducción de “Berlin” (1978), de Klaus Hoffmann.

Mein Gespräch, meiner Lieder,
Mi conversación, mis canciones,
mein Haß und mein Glück,
mi odio y mi felicidad,
mein Tag, meine Nacht, mein Vor, meine Zurück,
mi día, mi noche, mi frente, mi espalda,
meine Sonne und Schatten, Zweifel, die ich hab’;
mi sol y sombra, incertidumbre, la que yo tengo;
an dir und in mir bis zum letzten Tag.
hacia ti y hacia mí hasta el último día.
Deine Straßen, wo ich fliehe, stolper’ und fall’,
Tus calles, donde yo corro, tropiezo y caigo,
deine Wärme, die ich brauch’, die ich spüre überall.
tu calor, el que necesito, el que siento por todas partes.

Verkauf dich nicht, Berlín
No te vendas, Berlín
jung bist du nicht,
no eres joven,
du alterst so schnell,
te haces mayor tan rápido,
buckelst zu sehr,
te encorvas demasiado,
trägst an den Geldern der Freier so schwer.
es tan difícil que alcances el dinero de los libres.
Die werden geh’n,
Éstos se marcharán,
dich sterben seh’n,
te verán morir,
Berlin, Geliebte Berlin.
Berlín, amada Berlín.

Deine Ecken und Winkel, deine Höfe ungezählt,
Tus esquinas y rincones, tus innumerables patios,
wo der Dreck und die Armut nach Veränderung bellt,
donde la suciedad y la pobreza ladran por el cambio,
dein Rausch am Morgen
tu ruido por la mañana
riecht nach Haschisch und Bier,
huele a hachís y cerveza,
und Rotz fällt gelassen auf Gassen von dir.
y el aburrimiento cae sereno en tus calles.
Deine Märkte, die Weiber, ihre Ruhe, ihre List,
Tus mercados, las mujeres, su paz, su astucia,
und manchmal ein Witz, der mich in den Magen trifft.
y a veces una broma me golpea en el estómago.

Verkauf dich nicht …
No te vendas…

Deine Häuser mit Fluren,
Tus casas con pasillos,
wo man prügelt, wo man lacht,
donde se castiga, donde se ríe,
wo man, wenn’s dunkel wird, neue Mitbewohner macht.
donde en la oscuridad es cuando se hacen nuevos vecinos.
Deine Räume, in denen der Schlaf ungern kommt,
Tus habitaciones, en las que el sueño llega de mala gana,
weil die Luft zum Atmen fehlt,
porque el aire falta para la respiración,
wo der Sensenmann wohnt,
donde la muerte habita,
doch wo du frei sein erfährst in dieser großen Stadt,
pero donde tú aprendes a ser libre en esta gran ciudad,
obwohl sie einengt und preßt und viele Mauern hat.
aunque ella tiene un gran muro que la constriñe y la oprime.

Verkauf dich nicht …
No te vendas…

Mein Gespräch, meine Lieder,
Mi conversación, mis canciones,
mein Haß und mein Glück,
Mi odio y mi felicidad,
mein Tag, meine Nacht, mein Vor, mein Zurück.
mi día, mi noche, mi frente, mi espalda.
Dein halbtoter Bahnhof, wo ich unter denen steh’,
Tu moribunda estación, a donde bajo y me quedo en pie,
die morgen, schon morgen in bess’re Städte geh’n.
la mañana, ya llega la mañana en las mejoradas ciudades.
Wo ich dich verlassen will,
Donde yo quiero dejarte,
immer wieder, immer noch,
una y otra vez, todavía,
ich schaff’ den Sprung auch,
todavía puedo dar el salto,
ich schaff’ den Sprung doch.
a pesar de ello puedo dar el salto.

Verkauf dich nicht …
No te vendas…

Crónica de un viaje: “Berlin, geliebte Berlin…” (I)

Esta crónica es un resumen del cuaderno de viaje redactado por mi chico y yo. También añado información que pueda ser de utilidad para futuros viajeros.

Berlín, primer día

18 de agosto de 2010, 4 y media de la mañana. Sueño, sueño y más sueño. Casi como zombies, nos vamos del hotel con las mochilas llenas a la espalda, aunque ya vemos gustosamente que el peso va disminuyendo poquito a poco, aunque eso es sinónimo de que queda, cada vez, menos comida. ¿Podremos sobrevivir con lo que tenemos? eso sólo lo sabremos a medida que sigan avanzando los días. Llegamos a la estación y, allí, con las Coronas que nos quedaban, decidimos darnos un gustazo: nos compramos dos magdalenas de vainilla para poder desayunar en el tren. No sé qué diablos dirán los de la megafonía, pero tanto aquí como en Cracovia, no paran de hablar. Y con el sueño que teníamos, la voz de la megafonía era especialmente molesta.

Ya en el tren, este tren cambiaba mucho con respecto a los polacos: en el mismo espacio donde estuvimos 8 personas, aquí lo tenían para 6. Qué diferencia. Cuando entramos en nuestro compartimento, hay una mujer mayor en uno de nuestros asientos. La pobre mujer no sabía si estaba en el tren correcto. No hablaba inglés, así que poco pudimos ayudarla. Al final, se marchó del compartimento. Los asientos eran muy cómodos, así que aunque con un Eiskaffee ya en el cuerpo (cómo los echo de menos) junto con un Red Bull, me quedo dormida, perdiéndome las maravillosas vistas del trayecto Praga-Berlín a lo largo del río Elba. No obstante, a las 8:30 me despierto, y estamos casi durante una hora parados en lo que creímos que era la frontera entre Alemania y República Checa; un pueblo llamado Bad Schandau. El motivo de la parada: el cambio de locomotora. En Dresden, se subieron unos abuelitos a nuestro compartimento. Me parecieron muy tiernos, porque tenían un aspecto muy humilde, con su boina y sus maletas de madera. Si hubiésemos estado en un tren polaco, hubiese jurado haber viajado en el tiempo 60 años atrás.

Vista del viaje Praga-Berlín.

Interior del tren.

Berlín Hauptbahnhof, última parada. Finalmente, llegamos con una hora y cuarenta minutos de retraso. Me sorprendió, era la primera vez que llegábamos con un retraso así a un sitio. Damos con la taquilla (ubicada en un lugar un poco comprometido), la oficina de turismo y con un kebab. Decidimos comer algo caliente, ya que no teníamos comida suficiente en la mochila como para hacer una comida normal, asi que nos lo reservamos para la cena. Pedimos dos kebabs de pollo a un chico turco muy simpático que, en seguida, me captó el acento español y nos dedicó un cumplido en nuestro idioma. Muy amable. Mientras comíamos, nos organizamos la visita de ese día, descubriendo en la oficina de turismo unos tours muy interesantes sobre el III Reich y sobre la Berlín del muro. Estaba muy forzado económicamente, pero lo intentaríamos.

Con las pilas cargadas, visitamos la zona de Unter den Linden, el Berlín Este junto con el muro, así como el Checkpoint Charlie. Por primera vez, siento que mi estudio del alemán ha tenido sus pequeños frutos y me logro entender con un hombre que estaba en la calle. Necesitábamos saber por dónde se llegaba a la Unter den Linden desde la estación. Me sentí super ridícula hablando alemán con mi acento salchichero, pero si uno nunca se lanza, uno nunca logra quitarse el miedo. El hombre fue muy amable y se deshizo en explicaciones para que llegásemos bien a nuestro destino.

Estereotipo de los alemanes

Hay muchos estereotipos sobre los alemanes. Uno de ellos es sobre la supuesta hipersensibilidad que tienen con la pronunciación del alemán. Descubrí que los alemanes no son tan sensibles con el idioma como leí en algún sitio, que decía que, si veían que no tenías un acento perfecto, te contestaban en inglés sin dejarte practicar. No fue el caso en ninguna de las interacciones que tuve, pero ni en Berlín ni en Frankfurt. Otro estereotipo que se tiene de los alemanes es que son fríos. Sinceramente, nunca lo he notado, ni en este viaje ni en otro anterior que hice a Colonia. Hasta con las pintas que llevábamos, más de una persona por la calle, a la mínima que nos veían un poco perdidos, nos ofrecía ayuda.

Cogemos la U-Bahn para dirigirnos hacia la zona del muro (Berliner Mauer). Fue muy extraño ir buscando los trozos de muro conservados y, sin darnos cuenta, ya lo habíamos atravesado varias veces. Para no olvidar por dónde pasaba el muro, el ayuntamiento de Berlín adoquinó el grueso del muro por las zonas más distintivas de Berlín. Tras un ratito viendo la zona, nos dirigimos hacia la Puerta de Brandenburgo. Nos pareció curioso que, en la plaza, justo al lado de la Puerta, estuviesen las embajadas de EE.UU. y Francia. No muy lejos de allí, también estaba la emabajada de Rusia y la sede de la compañía Aeroflot, así como la embajada de Reino Unido. Vamos andando y vemos el monumento al Holocausto. En ese momento, y sin previo aviso, empieza a diluviar. Nuestro ya maltratado paraguas no aguanta bien el viento y la lluvia, así que terminamos calados hasta las cejas. Y así como llegó, se fue de repente. Anduvimos por la Unter den Linden y me recordó mucho a Las Ramblas de Barcelona. Allí fue donde, por primera vez, vimos a los afamados Ampelmann. Vemos las inmediaciones: la Bebelplatz, la Universidad de Humbolt, la Neue Wache, la biblioteca, la Französischer Dom, etc.

Adoquines del muro.

Puerta de Brandenburgo.

Monumento al Holocausto.

Bebelplatz.

Humboldt Universität.

Französischer Dom.

Estatua de Schiller.

Tras un respiro en la Bebelplatz, vamos hacia el Checkpoint Charlie, donde el contraste forzado entre el mundo capitalista y el comunista es interesante de ver. Cogemos la U-Bahn y nos dirigimos hacia la Alexanderplatz. Allí descubrimos una feria que desprendía ricos olores a salchicha y matanza. Vemos desde más cerca la torre de televisión (Fernsehturm), la Iglesia de María (Marienkirche), la Fuente de Neptuno (Neptunbrunnen) y el Ayuntamiento Rojo (Rotes Rathaus). Queríamos haber visto la Iglesia de Nicolás (Nikolaikirche) pero entre que la zona estaba de obras y no daba muy buen rollo, decidimos no verla y regresar hacia el hotel, ya que eran las 20:00 y el cielo estaba empezando a oscurecerse.

Checkpoint Charlie.

Alexanderplatz y Fernsehturm.

Marienkirche.

Rotes Rathaus.

Neptunbrunnen.

Volvemos a Berlin Hauptbahnhof para recuperar nuestras mochilas de la taquilla. Al lado de donde estaban las taquillas, había un cajero. La zona estaba bastante solitaria, pero teníamos que sacar dinero necesariamente. Mientras mi novio sacaba dinero, yo un tanto aburrida, hago una de esas cosas que uno nunca debe hacer y que yo no aprendí cuando era pequeña: tocar botones sin reparar en sus consecuencias. Sin querer, le di a un botón y, al segundo, me salió una voz femenina. No entendí lo que me decía, aunque por la prosodia parecía que me estaba preguntando algo. Yo me quedé un poco a cuadros pero, cuando reparé en el letrero del botón, lo entendí todo: Notruf (significa “emergencia” en español). Me sentí profundamente imbécil. Tras sacar dinero, vamos hacia la zona de las taquillas, que lindaba con un parking. Allí, tuvimos una situación un poco rara. Un hombre nos pregunta cómo funciona la taquilla. Me acerco y le digo cómo funciona, aunque en la puerta venía claramente detallado cómo se hacía en alemán y en inglés. En la escena, además del hombre de la pregunta, había otras dos personas: una chica y un chico. Estas personas, ponen en duda mi versión de cómo utilizar la taquilla. La situación empieza a parecer ambigua, y más cuando esas dos personas se aproximan más y más hacia nuestras mochilas, y el hombre de la pregunta no comprende una instrucción tan sencilla como “pon la mochila dentro y mete el dinero”. Nos olemos lo peor, así que agarro la mochila y me coloco de una forma que imposibilita el robo al descuido. De haber dejado la mochila sola, me hubiesen robado la cámara de fotos, que era lo que llevaba de más valor dentro. Y, como la lluvia de Berlín, que a la mínima desaparece, el hombre de la pregunta, que simulaba tener pocas luces, comprendió todo en menos de un segundo, y las otras dos personas se diluyeron por el espacio del parking. ¿Descuideros? Sí, muy probablemente. Al salir de la zona de taquillas, nos da la sensación de que un hombre nos está siguiendo. Y sí, eso pareció, porque cuando nos paramos, en vez de seguir recto, se dio la vuelta y empezó a pasearse como si fuera una mosca. Al final se fue y, cuando nos sentimos seguros, salimos de la estación. Nuestro hotel estaba muy cerca de allí pero, quizá motivados por la situación anterior, anduvimos por la calle con muchísimo miedo y muy alertas.

Llegamos al hotel sanos y salvos. Cenita rápida y a dormir, que al día siguiente nos esperaba más Berlín.

Crónica de un viaje: conozcamos Praga (II).

Esta crónica es un resumen del cuaderno de viaje redactado por mi chico y yo. También añado información que pueda ser de utilidad para futuros viajeros.

Praga, segundo día

17 de agosto de 2010, 10 de la mañana. Tras un copioso desayuno, que bien pudo parecer que era para 5 ó 6 personas (el mejor que he tomado en mi vida, o al menos el que mejor me ha sentado xD) junto con largas horas de sueño reparador, nos dirigimos a conocer la zona del castillo junto con el barrio de Malá Strana.

Paseando por la zona de la calle Karlova, el cielo empieza a amenazar con lluvia, hasta que llovió. Nosotros, sin paraguas, decidimos no volver a pasar el mismo frío del último día de Cracovia, así que compramos un paraguas en una tienda china. Nos costó 100 Kc el paraguas (unos 4€). Al estar atravesando el Puente de Carlos, una ráfaga de viento nos rompe el paraguas. No duró ni media hora vivo. Una mezcla entre risa y rabia nos invade y en medio del puente, nos echamos a reír pensando en la mala suerte que habíamos tenido, porque nos estábamos calando vivos pero no podíamos comprarnos un nuevo paraguas. A tirar con él.

Paseando por las inmediaciones al Puente de Carlos.

Carlos IV, custodiando el puente que lleva su nombre ;-).

Llegamos a la isla de Kampa (entre el río Moldava y el arroyo del Diablo) y allí tomamos algunas fotos al paisaje y a algunas esculturas que estaban repartidas por la zona. Allí nos comimos una torre de galletas Disko (qué ricas que estaban, cogí cariño a las Disko xD), que habíamos comprado anteriormente en un supermercado checo llamado Albert (donde descubrí una bebida llamada Eiskaffee, que era café con leche en un brick como de zumo, con pajita y todo, que no encontré curiosamente en Alemania). Exploramos la zona de Malá Strana y nos tomamos un repiro al lado de la Iglesia de San Nicolás (en la calle Tankové Pivo), tomándonos en una cervecería, por 30 Kc (1,20 €) una jarra de medio litro de cerveza. Echando de menos la costumbre del tapeo, mientras nos tomábamos nuestra cerveza, nos sacamos unos panchitos de la mochila. Y menos mal, porque la subida a la zona del castillo prácticamente la hicimos en zig-zag. Pegó muy fuerte ese medio litro.

Arroyo del Diablo, en la isla de Kampa.

Paseando por Malá Strana.

"Tumba" a John Lennon, como símbolo de protesta contra el sistema soviético.

Calles de Malá Strana

Plaza de Malá Strana. Al fondo, la Iglesia de San Nicolás.

Jardín Wallestein.

Cosa rara que daba mal rollito en el Jardín Wallestein.

Tankové Pivo.

A vuestra salud ;-).

Tras una especie de retorno al mundo real, llegamos a la zona del castillo a las 18:00. Vimos el Palacio Real con su cambio de guardia, la catedral de San Vito, el Loreto y el Monasterio de Strahov, además de magníficas vistas panorámicas desde lo alto de la colina. Una zona preciosa. Finalmente, nos dirigimos hacia el callejón de oro, al número 22, donde vivió Franz Kafka, pero estaba cerrado por obras. ¿El mundo me impedía disfrutar de mi escritor favorito? Pues parece que sí, porque tras ver la zona del castillo, nos dirigimos hacia el café Franz Kafka, para tomarnos esa prometida copa, pero cuando llegamos estaban cerrando (¿a las 20:00 de la tarde? Pues sí).

Había una buena subida hasta el castillo...

El Loreto.

Entrada al castillo. Dentro está la Catedral de San Vito y el Palacio Real.

En el número 22 vivió Kafka... pero estaba cerrado el acceso a la calle ¬¬.

Vista desde una colina del castillo.

El Moldava y el Puente de Carlos :).

Praga es una ciudad preciosa; ciudad a la que me gustaría regresar para disfrutar de toda su esencia. Ahora bien, me gustaría volver en una época en la que haya menos turistas, ya que como decía mi novio, la presencia de tantos extranjeros te impide apreciar la vida de los praguenses. También me quedo con ganas de degustar comida checa, que tenía muy buena pinta desde las terrazas. ¡Ah! y desmintiendo un mito (esto no lo digo yo, lo dice mi novio): las chicas de Praga no son para tanto; siguen siendo más guapas las polacas. En el caso de los hombres, a mí ninguno me llamó la atención, pero ni en Praga ni en Cracovia ni en Varsovia, aunque mi novio dice que es que yo tengo el perfil muy alto (yo creo que no es cierto, pero bueno). Más allá de la charla, nos teníamos que levantar a las 4:30 de la mañana para tomar el tren hasta Berlín, que salía a las 6:31. A dormir y, adiós, Praga, fue un grandísimo placer haberte conocido :).

Crónica de un viaje: conozcamos Praga (I).

Esta crónica es un resumen del cuaderno de viaje redactado por mi chico y yo. También añado información que pueda ser de utilidad para futuros viajeros.

Praga, primer día

16 de agosto de 2010, 6:50. Hemos llegado a Praga, después de una noche bastante animada en aquel nocturno. Junto a Manuel y Natasha, buscamos los baños y miramos cómo cambiar dinero (allí utilizan coronas checas, cuyo símbolo es Kc). Finalmente, nos separamos y confíamos en volver a vernos en Praga. Mi chico y yo nos vamos a un sitio, nos sentamos en el suelo y desayunamos pan bimbo con mermelada. Queríamos entrar al baño para asearnos, pero no teníamos coronas, y la casa de cambio de la estación, como de costumbre, no compensaba. Miramos por los alrededores y la casa de cambio más madrugadora abría a las 8. Cambiamos 5€ para poder pasar al baño y para dejar las mochilas en una taquilla de la estación. Tratamos de cambiar los zlotych que nos sobraron de Polonia, pero allí descubrimos que en las casas de cambio no cambian monedas; sólamente billetes. Además, para nuestro asombro, el personal de las casas de cambio no conocían las monedas polacas. Eso parece indicar que los polacos no viajan mucho por la República Checa o que, de hacerlo, cambian antes en su país.

Estación principal de Praga.

Las toallitas de bebé

Si necesitas asearte pero no puedes pagar una ducha en un baño (o te da un poco de grima, porque suelen estar en unas condiciones un tanto asquerosas) lo mejor es tirar de toallitas de bebé. Parece increíble, pero tras un día de calor y de sudor, una toallita de bebé puede hacer auténticas maravillas. Que las toallitas de bebé se conviertan en tus mejores amigas; la gente de tu alrededor te lo agradecerá ^^.

Casas de cambio en Praga

Si necesitas cambiar dinero nada más llegar a la estación de trenes, en la calle Opletalova, muy cerca de la estación, hay numerosas casas de cambio. Son más recomendables que la de la estación.

Coronas checas.

El personal de Praga

No sé si será que dimos los dos días con todos los praguenses malhumorados, pero nos sorprendió la sequedad y el desdén a la hora de tratarnos tanto el personal de la estación de trenes como la de autobuses. Hasta las secretarias de mi facultad son más agradables…

Entre unas gestiones y otras, nos dan las 10. Estamos muy cansados a causa de la falta de sueño, así que nos metemos en una tienda de alimentación turca con el objetivo de comprar un par de Red Bull. Es bastante caro (80 Kc = 3,20 €), así que buscamos más opciones dentro de la línea de bebidas energéticas: Party, Kamikaze, Energy Cannabis… ¿ein? esos nombres nos echan un poco para atrás y, al final, acabamos comprando un brebaje (primera acepción) a base de cafeína y taurina. Nos costó 30 kc (aprox. 1,20 €). Dicho protocolariamente: tenía un sabor muy desagradable. Dicho en español con tacos: estaba malo de cojones. Sin embargo, ese brebaje que había que tomar sin apenas respirar, nos hizo muchísimo efecto y, tras una sensación de nausea, nos recuperamos como si hubiésemos dormido varias horas. Lo que ni tres Red Bull seguidos. ¿De verdad llevaba cafeína y taurina? En fin, no queramos conocerlo.

Miramos nuestro plano y de las zonas de turismo de la ciudad de Praga, para ese día decidimos ver la zona de la Ciudad Vieja (Staré Město) incluyendo el barrio judío (Josefov). La zona del castillo (Hradčany) junto con la del barrio de Malá Strana lo dejaríamos para el día siguiente. Decidimos renunciar a la zona de la Ciudad Nueva (Nové Město) al haber, sobre todo, museos de pago que nosotros no podríamos ver. Calentamos piernas y a andar.

¿Compensa comprar un billete para el transporte público?

Praga cuenta con servicio de tranvía, metro y autobuses. Praga es una ciudad pequeña y muy manejable a pie. No obstante, si eres de los que considera que una distancia de 10 minutos andando es estar lejos (como les sucede a los cracovenses, que toman el tranvía hasta para una sola parada) coge el pase de un día o el que te convenga. Pero, ciertamente, a pie es como mejor se ve la ciudad. Nosotros estábamos alojados en la zona de Florenc y no nos hizo falta coger transporte público ni un solo día, incluso cuando fuimos a la zona del castillo y de Malá Strana, que están en la otra punta de la ciudad. Mide tus fuerzas y evalúa si realmente te compensa ;-).

En la zona de la Ciudad Vieja, lo primero que vimos fue la Puerta de la Pólvora así como la Casa Municipal. Sólo esos dos edificios nos dejaron impactados. Atravesando la Puerta de la Pólvora y callejeando dimos con el Teatro de los Estados así como con el Carolinum. Pero el momento más impresionante de nuestra visita a Praga fue cuando entramos a la plaza de la Ciudad Vieja: nunca he visto tantísima belleza reconcentrada en una sola plaza. Ni tan siquiera París me despertó esa sensación. Preciosa, hay que verlo para saber qué se siente. Nos dan las 12 y vemos a lo lejos a Manuel y a Natasha. ¿Qué mejor momento que ese para tomarnos una cerveza checa? Vamos a la terraza de un bar y probamos la Pilsner Urquell. Riquísima. Pasan dos horas de animada charla y ya nos despedimos, intercambiando contactos y continuando con nuestra visita.

Puerta de la Pólvora

Casa Municipal.

Teatro de los Estados.

Carolinum.

Plaza de la Ciudad Vieja: Ayuntamiento.

Iglesia de Nuestra Señora de Tyn.

Iglesia de San Nicolás.

Fuente de la plaza de la Ciudad Vieja.

En el Ayuntamiento de la Ciudad Vieja vemos a las 15:00 cómo pasan figuras de los 12 apóstoles junto con un solo de trompeta. La gente tiene por costumbre saludar al trompetista así que, como dice el dicho, donde fueres, haz lo que vieres. Ese día tuvimos la fortuna de encontrarnos con una especie de mercadillo en la plaza de la Ciudad Vieja, y pude degustar un perrito con salchicha checa: primera comida caliente después de varios días a base de pan bimbo con lata de atún. Creo que me comí el perrito en menos de un minuto, no sé si porque estaba muy rico o porque estaba hambrienta.

Tras un descanso, nos dirigimos hacia el barrio judío y también nos resultó muy bonito. Quisimos entrar en la Sinagoga Vieja-Nueva, pero el precio de la entrada nos lo impedía. Así que simplemente sacamos unas cuantas fotos a la zona: Al Rudolfinum, al cementerio judío y a las distintas sinagogas que se encontraban por la zona. Paseando, dimos con una cafetería llamada Franz Kafka. No tenía nada que ver con Kafka, salvo el nombre, pero nos dijimos de pasarnos al día siguiente por allí para tomarnos una copa de despedida.

Rudolfinum.

Cementerio judío (vista desde una rendija de la calle ;-)).

Entrada al cementerio judío.

Ayuntamiento del barrio judío.

Sinagoga Vieja-Nueva.

Calle del barrio judío.

Sinagoga Española junto a una estatua de Franz Kafka.

El día terminó volviendo hacia la estación para recuperar nuestras mochilas e ir de camino al hotel. Llegamos a las 19:30 y, como si fuera una losa, caigo en la cama. Pido a mi chico que me despierte pasada media hora, ya que tenía que lavar ropa y teníamos que cenar algo. Pero, duermo durante 2 horas. Nunca he tenido la sensación de estar como muerta en sueños, pero la tuve. De hecho, desde fuera, a mi novio le di miedo, porque casi ni respiraba y mi reacción corporal a los estímulos era muy extraña. Pero pude despertar para contarlo ;-). Al final, del cansacio, no cenamos y la prioridad fue dormir.

Crónica de un viaje: explorando Polonia – Parte IV: Final de Cracovia

Esta crónica es un resumen del cuaderno de viaje redactado por mi chico y yo. También añado información que pueda ser de utilidad para futuros viajeros.

Final de Cracovia

15 de agosto de 2010, 6 de la mañana. Hoy, como ayer, otro madrugón. Pero, esta vez, con un propósito menos puro. El dinero empieza a escasear y ya habíamos gastado la mitad del presupuesto. Estábamos justo en el ecuador del viaje. Nos quedaban 100€ para pasar los días en Praga, Berlín y Frankfurt. Nuestras provisiones de comida también empezaban a decrecer. Así pues, aprovechando el buffet de desayuno, decidimos coger algo de comida para añadirla a nuestras provisiones, pensando especialmente en la cena de esa noche y en el desayuno del día siguiente, puesto que esta era la noche del nocturno y, por tanto, sin buffet de desayuno en un hotel. Ahora bien, para hacer esto, hay que ser elegante, o al menos intentamos serlo. En una mesa estratégicamente situada con un punto muerto muy poderoso, metimos en nuestra mochila sandwiches de jamón y queso junto con varios tarritos de mermelada. A esa operación la llamamos cariñosamente mi novio y yo como la “Operación mano rápida y boca lenta”; mano rápida por lo obvio y boca lenta, para no despertar sospechas de cara a los camareros allí presentes. Después de desayunar durante una hora (una hora sin parar de comer) subimos a nuestra habitación, a volver a dormir hasta el check-out.

Primera ronda de uno de nuestros desayunos. Solíamos hacer entre 3 y 4 rondas; así tardábamos una hora en desayunar xD.

10 de la mañana, se acabó el descanso. Hace muchísimo calor, nos duchamos y ya partimos con nuestros trastos hacia la estación de trenes, para dejar las mochilas en una taquilla. El calor realmente era ficticio: en la calle hacía una temperatura agradable, aunque un poco fresca. Adiós al hotel que nos había dado cobijo durante 3 noches. Adiós al barrio de Kabel y adiós a toda esa zona tan pintoresca de Cracovia.

Ya en la estación, metemos a presión nuestras mochilas de 60 litros cada una (con una técnica especial que inventamos sobre la marcha y que luego utilizaríamos en el resto de estaciones para ahorrarnos dinero) en una taquilla de las pequeñas. Con los 3 Zl que nos ahorramos de la taquilla, nos compramos una deliciosa Coca-Cola: uno nunca aprecia tantísimo algo tan simple como un refresco hasta que la posibilidad de conseguirlo se vuelve remota. La escasez de bebida y de comida ya empiezó a a hacer sus pequeños estragos en nosotros y los deseos de beber algo que no fuera agua de la cantimplora o de comer algo que no fuera ensaladillas en bote o rebanadas de Bimbo con latas de atún comenzó a ser muy fuerte. Pero con 100€ para ciudades más caras que Polonia… había que aguantarse y a aprender a controlar los deseos.

Nuestra idea para ese día era visitar la zona del castillo de Wawel junto con el barrio judío (Kazimierz). Pero, el día no acompañó mucho y el cielo amenazaba con llover constantemente. Nos dirigimos hacia la zona del castillo pero, mientras intento tomar una panorámica con el río Vístula como protagonista, sin apenas notarlo, una tromba de agua nos inunda. El fallo de todo este plan es que no teníamos paraguas y la capa de agua que teníamos decidimos dejarla en Madrid porque pesaba mucho y teníamos miedo de sobrepasar el peso de equipaje de mano (al final acabamos facturando, así que fue un tremendo error no meterla en la mochila finalmente). Nos dan las 14:30 y allí estamos, en Wawel, frente a la catedral, con muchísimo frío, refugiados en un portal mientras comemos almendras para entrar en calor. Yo tenía los pies helados y más cuando llevaba sandalias. De la forma más inesperada, nos volvemos a encontrar con Miguel, el chico que conocimos en las minas de sal de Wieliczka. Cansados de estar refugiados, una vez que ha aflojado la lluvia, decidimos movernos poco a poco para terminar de ver el Wawel y regresar a la estación para ponerme unos calcetines y secarnos un poco.

Wawel, frente al Vístula.

Castillo de Wawel.

Catedral de Cracovia.

Ya en la estación, dirigimos nuestro camino hacia el barrio judío. Allí, todo es extrañamente más caro en comparación con el resto de Cracovia. Visitamos el cementerio judío, donde hay un monumento a las víctimas del Holocausto. Dentro obligan a los hombres llevar sombrero, así que mi chico se pone la capucha de la sudadera. El interior del cementerio era curioso. En vez de flores, había piedras. Las lápidas eran en su mayoría negras. Las babosas y los caracoles dominaban el terreno y, si no te andabas con mucho cuidado, acababas enviando al otro mundo a alguno de esos animalitos: bueno, al menos estaban cerca de su destino. Vimos algunas sinagogas y varios bares judíos. Intentamos tomarnos un café, pero el elevado precio del mismo nos echó para atrás. El frío no perdonó y yo, que me empezaba a notar un poco mal, nos metimos en un tranvía, dando vueltas, para poder entrar en calor y recuperarme.

Valla de una sinagoga del barrio judío.

Regresamos finalmente a la estación, donde me tuve que tomar un té bien caliente para poder volver a entrar en calor y recuperarme del malestar que me había agarrado la tripa. Allí, mientras cenábamos nuestros sandwiches sustraídos del hotel junto con pan con Nocilla, conocimos a una pareja de mochileros procedente de Madrid. Intercambiamos risas y experiencias. Ellos venían de Praga e iban hacia Bratislava, mientras que nosotros íbamos hacia Praga. Nos contaron que Praga es preciosa, que nos gustará mucho más que Cracovia. No eran los únicos que nos lo habían dicho ya. Con este precioso atardecer, nos dirigimos hacia el nocturno camino a Praga, despidiéndonos de estos agradables chicos.

Atardecer desde una de las ventanas de la estación.

Nuestro tren salía a las 22:11 y llegaba a Praga a las 6:50. Cuando llegamos a nuestro vagón, el 350, descubrimos que los compartimentos eran estrechísimos: en menos de 2 metros cuadrados, ocho plazas. Cuando encontramos nuestro compartimento, pensamos que había habido un error y fuimos a preguntar al revisor: pues no, ese era nuestro compartimento. En el compartimento, a oscuras, sólo veíamos a unos chavales que apestaban a alcohol. Oh no. Pero sí, ese era nuestro sitio; y nosotros pretendíamos dormir. Una vez dentro, conocimos a Manuel y a Natasha, una pareja de mochileros que también viajaba hacia Praga. En los cuatro asientos restantes, había cuatro chicos polacos, de los cuales sólo conocimos el nombre de uno: Tom, que era el más carismático del grupo. Sus edades oscilaban entre los 16 y 24 años. Tom nos comentó cuál iba a ser el plan de esa noche en ese compartimento: primero, beber cerveza; segundo, beber vodka; y por último, unos porros. Mi chico, Manuel, Natasha y yo lo único que supimos hacer fue reír y reír a la par que ellos también reían y reían. La policía de aduanas se paseaba y, cuando los chavales polacos los veían, escondían la cerveza y el vodka; así que hicimos lo mismo que ellos cuando aparecía la policía. Un poco de rap polaco, una cámara de vídeo profesional y un pijama empapado en cerveza que acabó por la ventana del compartimento, junto con una conversación bastante divertida y agradable con Manuel, Natasha y los chavales polacos fueron los platos fuertes de la noche. Los chavales polacos fueron muy agradables: nos ofrecían todo lo que tenían, que si patatas fritas, que si sandwiches, que si botes de medio libro de cerveza, que si porros… Aprendimos a tomar vodka como lo toman los polacos: 1 hit de zumo de naranja y 1 hit de vodka. Descubrimos con ellos que “kurwa” es el taco favorito de los polacos, como puede ser “joder” entre los españoles. También descubrimos que los sueldos en Polonia son muy bajos, de ahí que todo nos pareciera tan barato. Y constatamos que el nivel de inglés de los jóvenes polacos es impresionante en comparación al de los jóvenes españoles. Fue una noche muy divertida y con muchas risas. Finalmente, un revisor les llevó a todos a otro compartimento porque llevaban un billete de grupo y tenían que estar todos juntos. Se despidieron y, asombrosamente, limpiaron toda su suciedad del compartimento, concretamente un chico que llevaba una camiseta de rayas y que nunca supimos su nombre (pero sí que tenía 17 años, aunque por su forma de hablar y de comportarse, parecía de 25; he visto chicos mayores de 25 más infantiles que “el chico polaco de la camiseta de rayas”, así que olé por él). Pudimos dormir algo, aunque muy malamente, y eso que éramos sólo cuatro. Al llegar a Praga, nos despedimos de Manuel y Natasha, con la idea de volver a vernos por Praga casi seguro.

Así nos despedimos de Polonia, de sus vistas, de sus edificios, de sus gentes. Fueron unos días muy bonitos en este país que nunca me había llamado la atención sobre el mapa, pero que tanto ha sufrido a lo largo del siglo pasado. Me sentí como en casa, y eso que no tenía ninguna conexión con su extraña lengua. Pero aún a pesar de esos carteles incomprensibles, me sentí cómoda y muy integrada. Adiós Polonia, ojalá volvamos a verte otra vez antes de morir :).

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