Hoy soy más ciega que ayer, pero menos que mañana.

Yo y mi complejo de Rompetechos.

Así reza el título del tríptico del Plan de Ahorro Garantizado que ofrece el banco Santander (con una ligera modificación, obviamente); plan que al final me han vendido con patatas y sin chuletón de cordero. Ayer fue un día de recados, de esos en los que pierdes varias horas de tu vida haciendo tareas desagradables; pero tareas necesarias al fin y al cabo. Si no hubiese sido porque se me rompió el último par de lentillas y andaba con unas gafas graduadas del año 2008 con las que veía a medias, no hubiese tenido la escusa suficiente para ir al banco, lugar al que aborrezco ir y que, si por mí fuera, lo solucionaría todo por la banca online.

“Este sistema ha detectado metal. Por favor, deposite los objetos metálicos en el cajón. Gracias”.

Las primeras palabras que se dirigen hacia mí en el día. Ni un “hola“, ni un “buenos días” ni un “¿qué pasa contigo?“. Por esto odio ir al banco, en particular a la sucursal que me pilla más cerca de casa. El paripé del metal es lo primero que me pone enferma. Dejo de mala gana la mochilita que llevaba a la espalda junto con el monedero. Vuelvo a entrar.

“Este sistema ha detectado metal. Por favor, deposite los objetos metálicos en el cajón. Gracias”.

Resistiéndome a pensar que tenía algún miembro biónico o que los empastes eran los culpables, hurgo en el bolso en busca del metal perdido y doy con mis llaves, y pienso: “pero si son las llaves… entonces no podré pasar de ninguna forma, porque la llave del cajón también es de metal…”. Dejo mis llaves en el cajón y vuelvo a intentarlo. Se cierra la puerta. Pues eran las llaves, pero ojo, porque mis llaves son consideradas metal… pero esa llave del calabozo que es la llave del cajón y que te podría matar de un soplo, sí te deja pasar; cosas que no entiendo.

Tras el mamoneo del metal, la segunda cosa que odio del banco es la siguiente: la cola. Por delante de mí, 17 personas contadas. Vayas a la hora que vayas, ese sitio digno de Satanás siempre está lleno de gente. Estaba detrás de un chaval, así que me pongo a leer apoyada en la pared, viendo que había para rato. Pero, cuando me quiero dar cuenta, sucede ese fenómeno paranormal común al supermercado, al centro de salud y a cualquier sitio que implique esperar una larga cola: el abuelo que se cuela impunemente. Me le quedo mirando con cara de “pero cómo tiene usted tanto rostro” y me da una explicación que no consigo comprender, sin que yo se la pidiera, pero que él decidió darme al ver mi expresión. No le digo nada, total, qué más da 17 que 18 personas; no vamos a llevarnos un mal rato por una tontería.

Sesenta y pico insufribles minutos hasta que por fin hago la gestión y me terminan vendiendo un plan de ahorro. Yo iba con la intención de abrir una cuenta de ahorro en la que no tocar nada (vamos, no quería ni tarjeta) así que tampoco me ha venido demasiado mal la solución esa. Pero lo que me fastidia de todo ese proceso de venta es que te engañen y te tomen por imbécil. “Yo abrí este plan cuando tenía 30 años y ahora con 41 que tengo no veas qué colchoncito más majo“. Imposible, los Planes Individuales de Ahorro Sistemático (PIAS) se impulsaron en España a partir de 2007, tras la reforma del IRPF; por tanto, este producto no existía hace 11 años. Persuasiones chungas a parte, lo bueno de este plan, a diferencia de otros planes -como los de pensiones por ejemplo- es que en este se puede rescatar el dinero en cualquier momento (aunque si se rescata antes de los 2 años se pierde la plusvalía, al establecer un mínimo de 2 años de retención del dinero) pero no tiene penalizaciones, ni gastos de cancelación, ni de mantenimiento, ni historias de esas. Ahora bien, si se busca rentabilidad, no es el mejor plan, desde luego, pero odio todo lo que huele a banco, así que quería quitarme esa historia que llevaba arrastrando desde hacía tiempo lo antes posible.

Y tras la pesadilla matutina del banco, a revisarme la vista. Llevaba casi 2 años sin ir a la óptica y, por tanto, 2 años sin renovar gafas y lentillas. He de confesar algo que nunca debéis hacer: mi caja de lentillas es para 6 meses, por lo que tengo 6 pares, un par para cada mes. Bueno, pues he llegado a aprovechar un par hasta 5 meses. ¿Está mal hacer esto? Hombre, técnicamente sí, pero en la práctica, yo nunca he tenido problemas y no se me han deshecho las córneas hasta la fecha (y me he ahorrado muchísimo dinero). Claro, llego y la chica ve mi registro y me dice: “Llevas sin venir desde el 2008″ añadiendo una cara de “no estarás haciendo lo que creo que estás haciendo“. Así pues, me dice que de seguir aprovechando tanto las lentillas, la forma de la córnea se me puede deformar, además de varias cosas que sugieren muerte y destrucción.

Me hace el test de lectura y descubro que veía peor de lo que pensaba: aumento de miopía de 0,50 por cada ojo. Luego me hace el examen de la córnea, el cristalino y todas esas cosillas que tenemos en los ojos y me dice: “perfecto, todo perfecto“. Me dieron ganas de decirle: “así que se me podía deformar la córnea… ¿eh? ¿eh? ¿eh?” pero no lo consideré oportuno xD además, la chica es muy simpática y la conozco desde hace tiempo. Así pues, resumen de la óptica: 4,75 ojo derecho y 4,00 en ojo izquierdo y sablazo en renovación de lentillas y cristales. Qué asco ser rompetechos y ser cada día más cegata. Eso sí, ahora veo de lujo, hasta para ver la letra pequeña del contrato del plan de ahorro a 3 metros ^^.

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