Una española en Białystok (I) – El inicio del no saber.

No sé por dónde empezar. No sé qué eventos seleccionar para comenzar a escribir acerca de mi estancia en Białystok. Durante un mes he sentido una invasión de pensamientos y sentimientos que me han paralizado y me han impedido poner en orden todos los estímulos que no paraban de introducirse en mi cabeza. Nuevo idioma, nueva gente, nuevo sistema, nueva cultura. En definitiva, una nueva vida.

Porque sí, mi primer mes en Białystok ha sido como un renacer. En Madrid dejé todo lo que me hace tomar conciencia de que soy alguien: mis estudios, mi trabajo, mis relaciones sociales, mi idioma, mi cultura. El momento en que dejé atrás mi vida y me encontré sola conmigo misma en la sala de embarque del aeropuerto de Barajas fue la oportunidad que me hizo vivir ese renacer: no paraba de llorar, tenía miedo, me sentía desprotegida, vulnerable; me sentía como un bebé que necesita de su madre para poder sobrevivir. Pero la diferencia es que, para mí, había llegado el momento de crecer únicamente con mi propio calor, con mi propio apoyo y con mi propio amor. No nos enseñan a convivir con nosotros mismos y es igual de importante aprender a vivir solos como aprender a convivir con los demás. Con 24 años aún no había aprendido a estar conmigo misma, a aguantar mis pensamientos y sentimientos, a soportar la soledad.

Sigo sin saber cómo continuar este artículo, porque así ha sido mi primer mes aquí: un no saber, un vivir en la completa desorientación. “Nie rozumiem po polsku” (no entiendo polaco) era mi frase favorita, y la que mejor describía mi estado. Nuevas amistades, nuevos rincones, nuevos diálogos. Nuevas situaciones que a veces no entiendo y quiero comprender. Nuevas experiencias que llegan como un huracán y revolucionan todo lo que había aprendido; como un terremoto que rompe los andamios sobre los que había construido mis marcos de referencia. El caos, el no poder pensar, el no poder poner en orden todos esos pensamientos en ebullición, el no poder procesar todos esos sentimientos que a veces consiguen alejarme de quien creía ser.

Pero, poco a poco, tras la tempestad, llega la calma y el entendimiento. “Caminante no hay camino, se hace camino al andar“, decía Machado. No sabía cómo comenzar este artículo pero ya sé cómo terminarlo porque he empezado a andar. Ya he empezado a poner en orden mi nueva vida y estoy empezando a saborearla, porque la única forma de llegar a disfrutar de algo, es cuando uno logra pasar del no saber, al conocer.

Puntos de inflexión.

Sin aliento. Así he llegado al final del curso y al final de la carrera. Tengo la mala costumbre de necesitar estar siempre ocupada porque sino me aburro, y ahora que todos mis proyectos para este año han terminado, siento cierto vacío, aunque también siento vértigo ante el nuevo proyecto que me acompañará a lo largo de los próximos 7 meses.

Hoy ha sido el día en el que se ha establecido una brecha entre mi pasado y mi futuro. Hoy pagué las tasas para la expedición del título de la carrera, por lo que hoy me he convertido en antigua alumna. He perdido mi identificación de estudiante en SIGMA (el sistema de expedientes de la universidad) y he ganado un papel que acredita que soy licenciada en Psicología. Esto supone una pequeña crisis de identidad, porque la muletilla de “estudiante de…” ha pasado a convertirse en una categoría social distinta. Se me hace raro autodenominarme “psicóloga” tras tantos años siendo estudiante; siento que es una categoría que me queda grande dado que siento que aún me queda mucho por aprender. Sin embargo, el hecho es que hoy ha sido un día de transmutación que implica un paso hacia otra fase de mi vida, y esta nueva fase va a comenzar con una pequeña aventura: mi viaje como voluntaria europea a Polonia.

A dos semanas de mi marcha, me invaden ciertos pensamientos intrusivos del tipo “tenía que haber hecho un máster y haberme dejado de historias“. Sin embargo, y aún a pesar del miedo que siento al ver que el día del viaje se acerca, pienso que ha sido una buena decisión haber optado por realizar un proyecto de voluntariado europeo. Hay ocasiones en las que uno debe decidir a qué dar más prioridad, si hacia el proyecto profesional, o hacia el proyecto personal. Tras 6 años en los que la prioridad ha estado en lo profesional, siento que ha llegado el momento de volcar algunos de mis esfuerzos hacia ese proyecto personal. ¿Para eso es necesario irse a Polonia? Pues hombre, quizás no, pero este proyecto me ofrece la oportunidad para enfrentarme a muchos de los fantasmas que aún me atormentan y contra los que no puedo luchar en mi ciudad al disponer de esos pequeños ángeles que me ayudan cuando estoy en apuros.

En dos semanas estaré en una nueva ciudad, en una nueva cultura, en un nuevo entorno con divisa, idioma, clima y costumbres diferentes a las de mi ciudad de origen; ciudad en la que he vivido y crecido a lo largo de estos 24 años y a la que diré “hasta pronto”. Siento miedo, pero es lo que tiene la incertidumbre. Siento tristeza, pero es lo que tiene no poder llevarme miniaturas de las personas a las que quiero. Tengo esperanza, por saber que esta experiencia merecerá la pena desde el mismo instante en que pase el control de seguridad del aeropuerto de Barajas y me despida de mi familia y mi novio. En Polonia me esperan nuevas experiencias, nuevos amigos, nuevas rutinas en una ciudad de 300.000 habitantes y en un centro de recepción de refugiados y buscadores de asilo que más que buscar un proyecto personal lo que buscan es su supervivencia ante las dinámicas grotescas de la violencia política. Me siento una privilegiada al poder permitirme el lujo de realizar este ejercicio de reflexión personal. Creo que aprenderé mucho al sumergirme en un colectivo que no tiene espacio para la reflexión personal porque ese espacio está desbordado por la tarea de buscar y encontrar formas de sobrevivir a las consecuencias de los conflictos armados.

Hoy ha sido el dia en que pasé de ser “estudiante” a “licenciada”. Hoy ha sido el día en que pasé de dar prioridad a lo profesional para dársela a lo personal. Hoy ha sido el día en que sustituyo mi cómoda vida de estudiante por un nuevo proyecto que probablemente me genere crisis personales, pero que también me permitirá crear nuevos espacios de reflexión y aprendizaje. Hoy ha sido, sencillamente, un punto de inflexión.

Crónica de un viaje: explorando Polonia – Parte IV: Final de Cracovia

Esta crónica es un resumen del cuaderno de viaje redactado por mi chico y yo. También añado información que pueda ser de utilidad para futuros viajeros.

Final de Cracovia

15 de agosto de 2010, 6 de la mañana. Hoy, como ayer, otro madrugón. Pero, esta vez, con un propósito menos puro. El dinero empieza a escasear y ya habíamos gastado la mitad del presupuesto. Estábamos justo en el ecuador del viaje. Nos quedaban 100€ para pasar los días en Praga, Berlín y Frankfurt. Nuestras provisiones de comida también empezaban a decrecer. Así pues, aprovechando el buffet de desayuno, decidimos coger algo de comida para añadirla a nuestras provisiones, pensando especialmente en la cena de esa noche y en el desayuno del día siguiente, puesto que esta era la noche del nocturno y, por tanto, sin buffet de desayuno en un hotel. Ahora bien, para hacer esto, hay que ser elegante, o al menos intentamos serlo. En una mesa estratégicamente situada con un punto muerto muy poderoso, metimos en nuestra mochila sandwiches de jamón y queso junto con varios tarritos de mermelada. A esa operación la llamamos cariñosamente mi novio y yo como la “Operación mano rápida y boca lenta”; mano rápida por lo obvio y boca lenta, para no despertar sospechas de cara a los camareros allí presentes. Después de desayunar durante una hora (una hora sin parar de comer) subimos a nuestra habitación, a volver a dormir hasta el check-out.

Primera ronda de uno de nuestros desayunos. Solíamos hacer entre 3 y 4 rondas; así tardábamos una hora en desayunar xD.

10 de la mañana, se acabó el descanso. Hace muchísimo calor, nos duchamos y ya partimos con nuestros trastos hacia la estación de trenes, para dejar las mochilas en una taquilla. El calor realmente era ficticio: en la calle hacía una temperatura agradable, aunque un poco fresca. Adiós al hotel que nos había dado cobijo durante 3 noches. Adiós al barrio de Kabel y adiós a toda esa zona tan pintoresca de Cracovia.

Ya en la estación, metemos a presión nuestras mochilas de 60 litros cada una (con una técnica especial que inventamos sobre la marcha y que luego utilizaríamos en el resto de estaciones para ahorrarnos dinero) en una taquilla de las pequeñas. Con los 3 Zl que nos ahorramos de la taquilla, nos compramos una deliciosa Coca-Cola: uno nunca aprecia tantísimo algo tan simple como un refresco hasta que la posibilidad de conseguirlo se vuelve remota. La escasez de bebida y de comida ya empiezó a a hacer sus pequeños estragos en nosotros y los deseos de beber algo que no fuera agua de la cantimplora o de comer algo que no fuera ensaladillas en bote o rebanadas de Bimbo con latas de atún comenzó a ser muy fuerte. Pero con 100€ para ciudades más caras que Polonia… había que aguantarse y a aprender a controlar los deseos.

Nuestra idea para ese día era visitar la zona del castillo de Wawel junto con el barrio judío (Kazimierz). Pero, el día no acompañó mucho y el cielo amenazaba con llover constantemente. Nos dirigimos hacia la zona del castillo pero, mientras intento tomar una panorámica con el río Vístula como protagonista, sin apenas notarlo, una tromba de agua nos inunda. El fallo de todo este plan es que no teníamos paraguas y la capa de agua que teníamos decidimos dejarla en Madrid porque pesaba mucho y teníamos miedo de sobrepasar el peso de equipaje de mano (al final acabamos facturando, así que fue un tremendo error no meterla en la mochila finalmente). Nos dan las 14:30 y allí estamos, en Wawel, frente a la catedral, con muchísimo frío, refugiados en un portal mientras comemos almendras para entrar en calor. Yo tenía los pies helados y más cuando llevaba sandalias. De la forma más inesperada, nos volvemos a encontrar con Miguel, el chico que conocimos en las minas de sal de Wieliczka. Cansados de estar refugiados, una vez que ha aflojado la lluvia, decidimos movernos poco a poco para terminar de ver el Wawel y regresar a la estación para ponerme unos calcetines y secarnos un poco.

Wawel, frente al Vístula.

Castillo de Wawel.

Catedral de Cracovia.

Ya en la estación, dirigimos nuestro camino hacia el barrio judío. Allí, todo es extrañamente más caro en comparación con el resto de Cracovia. Visitamos el cementerio judío, donde hay un monumento a las víctimas del Holocausto. Dentro obligan a los hombres llevar sombrero, así que mi chico se pone la capucha de la sudadera. El interior del cementerio era curioso. En vez de flores, había piedras. Las lápidas eran en su mayoría negras. Las babosas y los caracoles dominaban el terreno y, si no te andabas con mucho cuidado, acababas enviando al otro mundo a alguno de esos animalitos: bueno, al menos estaban cerca de su destino. Vimos algunas sinagogas y varios bares judíos. Intentamos tomarnos un café, pero el elevado precio del mismo nos echó para atrás. El frío no perdonó y yo, que me empezaba a notar un poco mal, nos metimos en un tranvía, dando vueltas, para poder entrar en calor y recuperarme.

Valla de una sinagoga del barrio judío.

Regresamos finalmente a la estación, donde me tuve que tomar un té bien caliente para poder volver a entrar en calor y recuperarme del malestar que me había agarrado la tripa. Allí, mientras cenábamos nuestros sandwiches sustraídos del hotel junto con pan con Nocilla, conocimos a una pareja de mochileros procedente de Madrid. Intercambiamos risas y experiencias. Ellos venían de Praga e iban hacia Bratislava, mientras que nosotros íbamos hacia Praga. Nos contaron que Praga es preciosa, que nos gustará mucho más que Cracovia. No eran los únicos que nos lo habían dicho ya. Con este precioso atardecer, nos dirigimos hacia el nocturno camino a Praga, despidiéndonos de estos agradables chicos.

Atardecer desde una de las ventanas de la estación.

Nuestro tren salía a las 22:11 y llegaba a Praga a las 6:50. Cuando llegamos a nuestro vagón, el 350, descubrimos que los compartimentos eran estrechísimos: en menos de 2 metros cuadrados, ocho plazas. Cuando encontramos nuestro compartimento, pensamos que había habido un error y fuimos a preguntar al revisor: pues no, ese era nuestro compartimento. En el compartimento, a oscuras, sólo veíamos a unos chavales que apestaban a alcohol. Oh no. Pero sí, ese era nuestro sitio; y nosotros pretendíamos dormir. Una vez dentro, conocimos a Manuel y a Natasha, una pareja de mochileros que también viajaba hacia Praga. En los cuatro asientos restantes, había cuatro chicos polacos, de los cuales sólo conocimos el nombre de uno: Tom, que era el más carismático del grupo. Sus edades oscilaban entre los 16 y 24 años. Tom nos comentó cuál iba a ser el plan de esa noche en ese compartimento: primero, beber cerveza; segundo, beber vodka; y por último, unos porros. Mi chico, Manuel, Natasha y yo lo único que supimos hacer fue reír y reír a la par que ellos también reían y reían. La policía de aduanas se paseaba y, cuando los chavales polacos los veían, escondían la cerveza y el vodka; así que hicimos lo mismo que ellos cuando aparecía la policía. Un poco de rap polaco, una cámara de vídeo profesional y un pijama empapado en cerveza que acabó por la ventana del compartimento, junto con una conversación bastante divertida y agradable con Manuel, Natasha y los chavales polacos fueron los platos fuertes de la noche. Los chavales polacos fueron muy agradables: nos ofrecían todo lo que tenían, que si patatas fritas, que si sandwiches, que si botes de medio libro de cerveza, que si porros… Aprendimos a tomar vodka como lo toman los polacos: 1 hit de zumo de naranja y 1 hit de vodka. Descubrimos con ellos que “kurwa” es el taco favorito de los polacos, como puede ser “joder” entre los españoles. También descubrimos que los sueldos en Polonia son muy bajos, de ahí que todo nos pareciera tan barato. Y constatamos que el nivel de inglés de los jóvenes polacos es impresionante en comparación al de los jóvenes españoles. Fue una noche muy divertida y con muchas risas. Finalmente, un revisor les llevó a todos a otro compartimento porque llevaban un billete de grupo y tenían que estar todos juntos. Se despidieron y, asombrosamente, limpiaron toda su suciedad del compartimento, concretamente un chico que llevaba una camiseta de rayas y que nunca supimos su nombre (pero sí que tenía 17 años, aunque por su forma de hablar y de comportarse, parecía de 25; he visto chicos mayores de 25 más infantiles que “el chico polaco de la camiseta de rayas”, así que olé por él). Pudimos dormir algo, aunque muy malamente, y eso que éramos sólo cuatro. Al llegar a Praga, nos despedimos de Manuel y Natasha, con la idea de volver a vernos por Praga casi seguro.

Así nos despedimos de Polonia, de sus vistas, de sus edificios, de sus gentes. Fueron unos días muy bonitos en este país que nunca me había llamado la atención sobre el mapa, pero que tanto ha sufrido a lo largo del siglo pasado. Me sentí como en casa, y eso que no tenía ninguna conexión con su extraña lengua. Pero aún a pesar de esos carteles incomprensibles, me sentí cómoda y muy integrada. Adiós Polonia, ojalá volvamos a verte otra vez antes de morir :).

Crónica de un viaje: explorando Polonia – Parte III: Auschwitz.

Esta crónica es un resumen del cuaderno de viaje redactado por mi chico y yo. También añado información que pueda ser de utilidad para futuros viajeros.

Auschwitz

14 de agosto de 2010, 6 de la mañana. Uff, qué daño ese madrugón, pero teníamos que estar a las 9:30 en el Hotel Cracovia para coger el autocar e ir hacia Auschwitz. Al final, entre aseo y comida del buffet (y digo comida bien dicho, en vez de desayuno… porque comiendo muy fuerte nos ahorrábamos una comida al día y, por tanto, nos ahorrábamos dinero) salimos del hotel a las 8:15. Como comenté en el post anterior, las líneas de los tranvías cambian en fin de semana; nosotros lo descubrimos en ese momento. Nerviosos y temerosos de perder la excursión al desaparecer la línea 13 que solíamos coger, tomamos el tranvía de la línea 70 hasta Dworcowa, luego el bus 750 que nos dejaba en la plaza de Bohaterów Getta. Allí, a las 8:55 y con el corazón en la garganta porque aún estábamos muy lejos, pasó el tranvía número 9 que nos llevaría a nuestro destino en 9 paradas. Gritando y dando golpes al tranvía, como si se tratara de un caballo, llegamos finalmente al Hotel Cracovia a las 9:20: justo a tiempo y de milagro. En el Hotel Cracovia estaría nuestro guía, Konrad, quien empezó a realizar el recuento de los allí presentes. A las 9:30 partimos hacia Auschwitz. El trayecto duró una hora, tiempo en el que nos pusieron un documental sobre el Holocausto. Sin embargo, el madrugón y la relajación posterior a esa hora de tensión, nos jugó una mala pasada y dábamos cabezazos.

Alrededor de las 10:30 llegamos a la ciudad de Auschwitz (Auschwitz es en alemán, en polaco se llama Oświęcim). Auschwitz tiene 3 campos de concentración: Auschwitz I, Auschwitz-Birkenau (o Auschwitz II, al lado del pueblo de Birkenau, en polaco Brzezinka) y Auschwitz-Monowitz (o Auschwitz III, al lado del pueblo de Monowitz, en polaco Monowice, y donde estuvo prisionero Primo Levi). El más grande de todos ellos fue Auschwitz-Birkenau, que tiene una extensión de 2,5×2 km. Auschwitz I lo han reconvertido en museo, donde los barracones de ladrillo ahora son monográficos sobre el exterminio, las condiciones de vida o los prisioneros que fueron encerrados allí. Nosotros al llegar, nos llevaron a Auschwitz I, es decir, al museo. Allí, nos dotaron de unos cascos junto con una radio para poder escuchar mejor a nuestro guía. Cuando entras a la zona del museo, lo que más te impacta es el cartel de “bienvenida”: “Arbeit macht frei” (El trabajo hace libre, en español), junto con una barra que pone “Halt” (Alto).

"Arbeit macht frei" es decir "el trabajo hace libre".

Como ya he comentado en alguna ocasión, nunca me hubiera imaginado Auschwitz así. Me lo imaginaba triste, oscuro, gris… sin embargo, era un lugar bonito, pintoresco, con sus “casitas” rojas y el césped verde brotando por todas partes. Parecía mentira que allí muriera gente en unas condiciones infrahumanas. Era una sensación muy amarga, ver esa bonita estampa junto a alambres de espino.

Los barracones de Auschwitz I.

Pero el momento que más me impactó durante esos primeros minutos fue al entrar en el primer barracón donde había un monográfico sobre las condiciones de vida. Lo que me estremeció no fue ver cómo vivían, porque eso lo han representado ya muchas películas sobre el Holocausto. Lo que más me emocionó fue ver, en el pasillo central, fotografías de prisioneros, ataviados con su ropa de prisionero y donde tenían su número de identificación. Esos ojos, esas miradas absolutamente descompuestas. Era como ver personas a las que se les había despojado todo aquello que les hacía humanas. Me impactó muchísimo y no podía dejar de mirar esas fotografías, esos ojos llenos de pánico y vacíos de vida. Junto a esas fotografías, ponían sus nombres (en su mayoría polacos), la fecha de entrada al campo y la de defunción. No duraban apenas meses y, quienes más, duraban menos de un año. Tras este golpe al corazón, pasamos a otros barracones, donde nos explicaron cómo era la burocracia, cómo llevaban a los prisioneros al campo, cómo acumulaban pelo, maletas, gafas, ropa, zapatos, etc. de los prisioneros, entre otros datos históricos relevantes.

Documentos de la burocracia de Auschwitz.

Datos sobre personas asesinadas en Auschwitz.

Esquema de Auschwitz I y II, donde estuvimos nosotros (a la derecha del mapa quedaría Auschwitz III).

Botes vacíos de ciclón B.

Monturas de gafas. Los miopes como yo lo tendríamos difícil para sobrevivir allí.

Maletas de los prisioneros.

Montañas y montañas de zapatos de los prisioneros.

Tras un largo camino por los barracones, donde anduvimos tratando de reconstruir la historia gracias a los apuntes que iba dando nuestro guía, pasamos a uno de los puntos más complicados de la visita de Auschwitz I: la cámara de gas. A escasos 200 metros vivía un alto dirigente de las SS, que decidió trasladarse a vivir al lado del crematorio con sus 5 hijos. Fetichismos inexplicables y aberrantes. El crematorio es indescriptible y la entrada a él fue agobiante: todos los allí presentes intentando hacer cola para entrar; hace 70 años, de tener que hacer una cola, sería para salir huyendo de allí. Paradójico. Mi novio tuvo la necesidad de volver a entrar cuando todos ya habíamos salido y se quedó allí un rato rindiendo unos minutos de silencio en memoria de las víctimas.

Chimenea del crematorio.

Interior de la cámara de gas.

Los hornos.

Cartel donde se pide respeto dentro del crematorio.

Después de la visita al museo de Auschwitz, y tras dejar nuestros cascos y nuestras radios, fuimos al autocar, para ver Auschwitz II, o Auschwitz-Birkenau. Creo que nunca olvidaré el primer momento en que vi, a lo lejos, el campo. Era horriblemente enorme. Y lo que más me impactó: lo único que separaba el campo de la calle era un único alambre de espino. Se me pusieron los pelos de punta y una sensación de ahogo me atrapó. Parecía hasta fácil salir de allí, a simple vista, y desde fuera se podía ver absolutamente todo lo que acontecía en su interior. Nos llevaron a varios barracones y, según entras, lo que más llama la atención es su olor. Era un olor extraño y muy desagradable. Nos enseñaron las letrinas, las literas, y me imaginé viviendo allí en esas mismas condiciones, con 100 gramos de pan al día y realizando trabajos de fuerza. Qué horror, no hay palabra en el mundo para describirlo.

Auschwitz-Birkenau.

Vida y muerte.

Dentro de los barracones.

Letrinas.

Literas.

Extensión de un barracón.

Entrada a Auschwitz-Birkenau.

Lo que separa la libertad de la muerte.

Enmudecidos, volvemos al autocar. Muchos pensamientos, muchas emociones nos recorrían por la mente y por el cuerpo. Auschwitz es algo que hay que ver con los propios ojos, porque por mucho que te digan, lo realmente impactante es verlo en vivo y en directo. Pienso que es una de esas visitas obligadas que hay que hacer antes de morir. Es una lección de historia y de psicología muy poderosa que todo el mundo debería poder vivir al menos una vez en su vida. Me quedo con una frase que leí en uno de los barracones del museo y que pretende dar colofón final a esa visita a Auschwitz.

"Aquel que no recuerda la historia, está obligado a vivirla de nuevo".

Fotografías en los barracones del museo Auschwitz

Técnicamente, no se puede sacar fotos ni grabar vídeo dentro del museo de Auschwitz, pero lo que también es cierto es que no hay control alguno. Los guías no te lo prohibirán, aunque te digan que no se puede. Todo el mundo saca fotos sin problemas, así que a darle al on y que esto se difunda, aunque realmente lo conveniente es verlo en persona.

Crónica de un viaje: explorando Polonia – Parte II: Cracovia y Minas de Wieliczka.

Esta crónica es un resumen del cuaderno de viaje redactado por mi chico y yo. También añado información que pueda ser de utilidad para futuros viajeros.

Cracovia

12 de agosto de 2010, estación principal de Cracovia (Krakow Glowny). Por fin hemos llegado a Cracovia, después de vivir el viaje más agustiante que he vivido en años. El calor, la vibración y el hacinamiento estaban servidos en ese tren. De hecho, mi chico acabó huyendo del sopor que nos invadió a todos los allí presentes. Nunca entenderé qué función tienen esos “reposacabezas” rígidos que te obligan a agachar la cabeza, como si uno llevara un yugo al cuello. Las primeras horas por Cracovia fueron bastante erráticas: no sabíamos cómo llegar al hotel porque no entendíamos el sistema de tranvías. Estuvimos casi cuatro horas andando de un lado a otro hasta que, por fin, comprendimos el funcionamiento de este transporte que, junto con el autobús, son los que dominan esta ciudad. También tuvimos serios problemas para poder comprar el nocturno Cracovia-Praga, sobre todo en lo relativo al precio, que contábamos con un precio menor del que luego resultó ser.

Interregio en el que fuimos desde Varsovia a Cracovia.

Estación principal de Cracovia.

El baño de la estación

Este baño es de pago. 2 Zl por usar cabina y 1,5 Zl para el urinario de pared. No recomiendo bajar a esas profundidades infectas (y si no queda más remedio, contened el aire y no pensarlo). El que está un poco mejor es el que está al lado de una cafetería, pero el que está en el andén… mejor ni asomarse. Si nos quejamos del aspecto de los baños de los anuncios de lejia, los del andén ya se pueden intentar limpiar con uranio que seguirá quedando costra.

Casas de cambio

No cambies en el kantor de la estación. Hay un kantor muy bueno muy cerca de la estación, justo al salir por la puerta principal, tirando por la izquierda y atravesando un puente, al lado del Hotel Europa hay una casa de cambio (que también vende monedas para numismática) donde el cambio es más justo (cambiamos 20€ y nos dieron casi 80 Zl).

Billetes y monedas polacas.

El precio del nocturno Cracovia-Praga

Al contrario de la información que yo encontré en Internet (35€ en asiento), este nocturno en litera cuesta 90€ aproximadamente (no recuerdo el pico), mientras que en asiento (en un compartimento de menos de 2 metros cuadrados con ocho butacas) 60,20€. Nosotros cogimos asiento y, si quieres dormir, no es buena idea. La reserva de asiento cuesta 7€.

El sistema de tranvías de Cracovia

Lo primero de todo, hay que comprar los billetes. La venta de billetes de tranvía suele realizarse en cajeros automáticos ubicados en las paradas de tranvía más céntricas. También hay cajeros en los tranvías más modernos. En caso de ausencia de cajero, sobre todo en las afueras de Cracovia, suele haber un kiosco cercano a la parada, donde se puede comprar tranquilamente. Hay diversos tipos de billete: los normales y, los llamados en castellano según su traducción, “con descuento gubernamental“. Nosotros al principio cogimos uno normal, pero luego descubrimos (al haber comprado el billete en un kiosco y preguntándonos la dependienta si éramos estudiantes) que lo del “descuento gubernamental” se aplica a estudiantes (y supongo que para jubilados o personas que perciben bajos ingresos). Los billetes sencillos con el “descuento gubernalmental” cuestan 1,25 Zl (0,30€) y los billetes que duran 24 horas, 5,20 Zl (1,4€ aproximadamente). Los billetes normales no recuerdo cuánto costaban, pero eran aproximadamente el doble. Si se compran en un kiosco, con enseñar la tarjeta de estudiante internacional (la ISIC) es suficiente; en el cajero, no hace falta acreditar nada. Sobre los revisores, nosotros no vimos ni uno solo. Colarse en el tranvía es muy fácil (de hecho, los propios polacos lo hacen) porque lo único que hay que hacer es subirse y sentarse, el conductor no controla nada. Si llevas billete, al subirte tienes que validarlo en unas máquinas amarillas dispuestas para ello.

Los tranvías en fin de semana

Cuidado. En la zona de las afueras, las líneas normales que circulan de lunes a viernes acortan su recorrido y habilitan líneas alternativas que llegan hasta un punto desde el cual se puede tomar la línea normal y llegar al centro. En nuestro caso, que estábamos hospedados en las afueras (en Kabel) y solíamos tomar la línea 13 de tranvía, llegó el sábado y la línea 13, literalmente, desapareció (tachan la línea con una pegatina, me llamó muchísimo la atención porque eso lo tienen que hacer en cada parada durante la madrugada del viernes al sábado… eso aquí, con tal de reducir puestos de trabajo, es impensable un cargo de esas características). Sólo estaban habilitadas la 70 y 71, que sólo llegaban hasta Dworcowa (una parada más). Desde Dworcowa había autobuses que llegaban hasta el centro, pero es bueno saber esto para salir con tiempo en caso de tener algún compromiso ese día.

Mapa de tranvías

Mapa de autobuses

Después de realizar todas estas gestiones y de familiarizarnos con estos asuntos, a nuestra llegada a Cracovia, una agencia de viajes llamada See Krakow nos ofreció realizar las excursiones a Auschwitz y a las Minas de sal de Wieliczka por 99 Zl y 110 Zl cada uno (25€ y 28€ respectivamente, y eso ya con el descuento de estudiante). Eso suponía un gasto más de 100€, y teniendo en cuenta que nosotros viajábamos con un presupuesto de 200€ para 11 días, era imposible abordar esas excursiones. No obstante, en un plano que encontré perdido en un banco de la estación, descubrimos que había otras empresas que ofrecían esas mismas excursiones. Al llegar por fin al hotel, que disponía de ordenadores públicos, investigamos y descubrimos que Cracow Tours ofrecía esas mismas excursiones casi a mitad de precio: Auschwitz por 60 Zl (15€) y las minas de sal de Wieliczka por 65 Zl (16,5€). Ese gasto sí que podíamos abordarlo, así que decidimos contratar esas excursiones. Ese día ya no podíamos porque era tarde, así que el resto de la tarde en el hotel lo ocupamos para mirar por Internet sitios que visitar de Cracovia así como para comprar pan en una gasolinera cercana.

Vista de una central nuclear desde nuestro barrio, donde estaba nuestro hotel.

13 de agosto de 2010. Segundo día en Cracovia. Ya más familiarizados con el entorno y con la ciudad tras el errático día anterior, nos disponíamos a contratar esas excursiones. El problema estaba en que, al encontrarlo de una forma extraña, tuvimos que ir directamente a la sede de Cracow Tours (para quien le interese, en la calle Krupnicza 3). Esa sede está en un edificio normal, con un portal normal y sin ningún cartel externo que lo identifique como Cracow Tours. Si tienes que terminar reservando las excursiones allí, no te preocupes, no hace falta llamar a ningún timbre: la puerta, aunque parezca cerrada, está abierta. Dentro hay un portero, quien amablemente te dirá que Cracow Tours está en el primer piso a la derecha. Ya allí, y atendidos por una chica que hablaba español y era muy simpática, conseguimos nuestros pases a las dos excursiones por 250 Zl (65€, frente a los 104€ que nos pedía See Krakow). Para esa misma tarde teníamos la excursión a las minas de sal de Wieliczka y, para la tarde del día siguiente, la excursión a Auschwitz.

Durante esa mañana, antes de tener que ir al pick-up point de la excursión (en el Hotel Cracovia), fuimos a ver la plaza principal (Rynek Glowny) y el Colegio Maius, que estaba cerca de allí. Curiosamente, pillamos fiestas tradicionales y descubrimos el lado más folclórico de la ciudad, con puestos de enormes hogazas de pan, cervezas caseras, matanza cracovense y cantos y bailes típicos. Muy bonito de ver, sobre todo para introducirse más en la cultura de Cracovia. Una cosa que nos llamó la atención fue la belleza de las polacas; es difícil encontrar chicas así en Madrid ;-).

En la Rynek Glowny.

En el mercadillo interno de la Rynek Glowny.

Festival tradicional que nos encontramos de casualidad.

Colegio Maius.

Callejeando por la zona de la Rynek Glowny.

Murales.

Abuelitos polacos vestidos de forma tradicional.

Józef Pilsudski, un héroe para los polacos ya que les salvó de la dominación rusa.

Estatuas.

Bonito edificio.

Minas de sal de Wieliczka

Varias vueltas y varias fotos más tarde, sin quererlo nos dieron las 14:30 y teníamos que ir pensando en ir hacia el Hotel Cracovia, ya que la hora de recogida era a las 15:15. Fuimos hacia la calle Lubicz, una calle donde para el tranvía número 15, que nos llevaría hasta el Hotel Cracovia. Sin embargo, descubrimos que esa línea, en realidad, no pasaba por ahí. Pasó un tranvía de la línea 1 y, gracias al ímpetu de mi chico junto a unas abuelitas que estaban sentadas y decían en voz alta “Hotel Cracovia! Hotel Cracovia!” mientras señalaban al tranvía, llegamos al famoso Hotel Cracovia a las 14:50. Montamos en el autocar y tras las típicas comprobaciones, descubrimos que somos los únicos españoles junto con una madre catalana que iba junto a sus dos hijas. Unas risas más tarde por algo extraño que la guía le llamó a mi novio , llegamos a Wielizcka. Ya allí, tuvimos que esperar un rato hasta poder entrar con un guía que hablara español. Como con Cracow Tours éramos tan pocos, nos acabaron uniendo con otro grupo de españoles que visitaban las minas por libre. Allí conocimos a Miguel, otro viajero que llevaba ya un mes explorando Polonia. Las minas de sal son realmente un tesoro escondido bajo tierra. La atmósfera y las grandes esculturas hechas con sal son dignas de ver. Allí todo es de sal, menos algunas cosas de madera y el propio tendido eléctrico, obviamente. De hecho, si chupas la pared, efectivamente, es de sal. Durante nuestro recorrido, un hombre de nuestro grupo se perdió. Fue trágico y divertido a la vez escuchar por la megafonía de la mina a una de las guías con acento polaco “Francisco Martínez, acuda a recepción, su familia le espera“. Pobre Francisco, ¿llegaría a recepción al final? La excursión duró 2 horas andando, pero merece la pena sin ninguna duda.

Entrada a las minas de sal.

Bajada de 54 pisos.

Cartel de bienvenida.

Estatua de Copérnico, hecha de sal.

Estatua de Juan Pablo II hecha de sal.

Pasadizos para pasar de una cámara a otra.

Maquinaria del elevador.

Suplemento para fotos y vídeo en la minas de sal

Si se quiere entrar a las minas con cámara de fotos o de vídeo, hay que pagar un suplemento de 10 Zl en la taquilla. Por ese dinero, te dan una pegatina y en los pasos de control de la mina si te ven con él, no te dicen nada. No obstante, decir que esos pasos de control son muy laxos si se va con un grupo y los revisores ni tan siquiera se levantan de la silla. Yo recomiendo no comprarlo y, si te pillan, puedes pagarlo en el momento sin ningún tipo de recargo.

En el autocar de regreso, nos quedamos dormidos. Al llegar de nuevo a Cracovia, decidimos probar unos lazos que deben ser muy típicos allí: en cada esquina suele haber un pequeño puesto de color azul donde venden lazos de pan. Me lo imaginaba con sabor dulce, como si fuera una masa de bollo, pero no: básicamente, era pan con anís en forma de lazo. Qué decepción. Paseamos un poco por la zona y tomamos nuevamente más fotos. Ya de noche y de regreso al hotel, los tranvías cogen una velocidad de vértigo; de hecho, te tienes que agarrar bien a los asideros si no quieres acabar rodando por el vagón. Mañana nos esperaría Auschwitz y terminar de ver Cracovia. Ya nos habíamos habituado a Cracovia, y llegó un punto en el que nos sentíamos, plenamente, como en casa.

Crónica de un viaje: explorando Polonia – Parte I: Preámbulo y Varsovia.

Esta crónica es un resumen del cuaderno de viaje redactado por mi chico y yo. También añado información que pueda ser de utilidad para futuros viajeros.

Preámbulo

10 de agosto de 2010, aeropuerto de Barajas, Madrid. Son las 20:00. Siempre que abandono Madrid, un extraño sentimiento de pertenencia me recorre el cuerpo y, con la posibilidad presente de no poder volver a pisar mi ciudad natal y de no volver a ver a las personas a las que quiero, hago una despedida en mi mente en el momento del despegue a esta ciudad que tanto significa para mí. Reconozco que me da miedo volar y lo paso especialmente mal en los despegues pero, sin embargo, esta ocasión fue distinta a todas las anteriores. No sentí sensación de ahogo ni taquicardia. Como bien sabemos los psicólogos, ante las fobias, exposición, y parece que ha dado resultado a lo largo de este tiempo. Un viaje tranquilo y animado con la comida ofrecida por Lufthansa. Nuestro destino: Milán Malpensa, aeropuerto donde haríamos una escala para volar posteriormente a Varsovia. En el avión, el sobrecargo llamado Luigi, creo que hizo las delicias de todas las féminas allí presentes cada vez que se paseaba por el pasillo. Son las 22:30, y ya hemos llegado a esta ciudad que el destino me ha hecho verla ya en tres ocasiones.

Nuestro próximo vuelo, hacia Varsovia, salía a las 6:25, por lo que nos tocaría pasar la noche en el aeropuerto. Tras un pequeño incidente con las mochilas, salimos de la zona de llegadas y nos dirigimos hacia la zona de espera de la terminal 1. No teníamos intención de dormir, y lo cierto es que el ambiente no lo pone sencillo. Unos chicos, aparentemente rumanos, no paraban de armar escándalo a nuestro lado, hasta que un padre les llama la atención y comienzan a dormir como benditos. Fue curioso pasear por la terminal y observar vuelos hacia sitios que no sé si llegaré a conocer alguna vez en mi vida: Dakar, Trípoli, Tel Aviv… lugares que no eran los típicos que uno suele ver en el tablón de salidas. Tenía sueño, mucho sueño. Tanto era así, que intento dormir en esos incómodos asientos con reposabrazos rígidos, adoptando formas que pensaba que mi cuerpo no podía adoptar. Nos dan las 4:00 y no consigo dormir, pero una sensación de tremenda pesadez me invade. Decidimos dar una vuelta para despejarnos, pero mis piernas son como dos losas de piedra. Andamos y vemos muchísimos viajeros de rasgos árabes que están en el mostrador de una compañía que se dirigía a El Cairo. Deseé estar algún día en esa cola para viajar a esa ciudad. Un café y un desayuno rápido y nos dirigimos a la zona de control sobre las 5:30. Ya dentro, donde en la puerta de embarque, no puedo más y caigo rendida en esos incómodos asientos. Duermo 30 minutos y me despierta la necesidad de visitar el aseo. Con la modorra, entro en el aseo y me comento a mí misma: “Anda, qué extraños los italianos… mira que poner urinarios de pared en los baños de mujeres…“. En ese momento, tomo conciencia y descubro que estoy en el aseo de hombres. Me doy la vuelta, y un chaval de unos 25 años me mira entre extrañado y asustado, como si fuera un extraterrestre. Le pido disculpas, avergonzada. Entro ya en el aseo de mujeres, pero la modorra me vuelve a jugar una mala pasada y no echo el pestillo. Una niña de unos 8 años me abre la puerta. Ella grita. Yo también, aunque más por acto reflejo que porque me diera vergüenza. Claramente, necesitaba dormir.

Mejor sitio para dormir en la terminal 1 de Milán-Malpensa

Sin duda, la zona de restauración donde hay un Mc Donald’s. Las butacas acolchadas están fuera del establecimiento y uno puede tumbarse cómodamente en ellas. Vimos a varias personas que dormían plácidamente allí. Lástima que nosotros las descubrimos tarde, porque esos asientos con los reposabrazos rígidos son lo peor que ha creado el ser humano.

Ya en el avión, nos esperaban casi 3 horas de vuelo hasta Varsovia. Caigo rendida en el asiento, despertándome únicamente para disfrutar del desayuno. Recuerdo poco o nada de ese vuelo, salvo el momento en que desperté al lado de un charco de mi propia saliva, con la boca seca y absolutamente helada de frío. Ya estábamos en suelo polaco y una sensación de extraña familiaridad me invadió. De hecho, esa sensación duró toda la estancia en Polonia, una sensación que nunca había tenido en un país extranjero. Pero sí, en Polonia me sentí como en casa.

Hacia Varsovia

Descubriendo Varsovia en un día

Tras hacer el oportuno cambio de divisa (y con la correspondiente clavada en el aeropuerto: 20€ y nos dieron 66Zl… casi 4€ perdidos) compramos un ticket de autobús para llegar al centro de la ciudad, concretamente a la parada llamada Politechnika. ¿2,80 Zl un ticket de autobús? eso son aproximadamente 0,70€. Cogemos el bus de la línea 188, tras tener una interacción con el que no muy agradable conductor. El bus vibra. Vibra muchísimo. La vibración, junto con el exceso de calor, hacen que inevitablemente me maree como hacía muchísimos años no me mareaba en un transporte público. Tanto es así que, cuando llegamos a Politechnika, apenas me puedo mover y, al bajar, me postro en el césped de la calle, como si hubiera caído k.o. por un puñetazo. 20 minutos más tarde y con mosquitos intentando chuparme la sangre, me recupero y emprendemos la marcha hacia el hotel. 45 minutos más tarde, llegamos a pie al sitio. Me impresionó el sitio en que estaba ubicado: era una distribución que nunca había visto y un tipo de arquitectura y decoración de otra época. Parecía que me había teletransportado 60 años atrás a esa España pre-europea, pero los modernos rascacielos mezclados con esa estampa tan precaria me hicieron reubicarme, otra vez, en el 2010. En el hotel, caemos rendidos y dormimos durante 3 dulces horas.

Casas de cambio

Nosotros íbamos sin dinero cambiado, así que nos tocó cambiar en el aeropuerto, con la clavada añadida de 4€. Si puedes, evítalo y lleva un poco de dinero cambiado desde España para comprar el ticket de autobús, si no quieres llevar todo el dinero cambiado desde España. En Polonia, las casas de cambio se llaman Kantor, y es recomendable comparar varias antes de entrar definitivamente en una. En las tablas de cambio, la columna donde pone “kup” es la columna donde pone el precio al que compran la divisa, mientras que la columna donde pone “spr” es a la que la venden. Como regla general, 1 Euro equivale a 4 Zlotys. Recuerda, la moneda polaca se llama Zloty (pronunciado algo así como “suoti“, no “esloti“) y las fracciones se llaman Grozny, monedas bastante poco manejables por lo pequeñas que son. Recuerda también que en las casas de cambio no te cambiarán monedas, sólo billetes, así que liquida las monedas lo primero y conserva los billetes si te sobra dinero.

3 de la tarde. Por algún extraño motivo (si uno mira un mapa-mundi, luego se entiende por qué), parece que son las 17:00. Comemos algo y descubrimos una gasolinera cercana que vende pan recién hecho. Ya tenemos material para la cena. Salimos a la calle y el contraste del que había sido protagonista anteriormente se acentúa al ver el ambiente con la mente más despejada. Paseamos y nos llama la atención todo: el pavimento, las casas, las aceras, los tranvías, las tiendas, la gente. Todo era viejo y pobre, pero a la vez, era muy bonito verlo, y ese contraste tan fuerte entre el antiguo mundo comunista y el actual mundo capitalista impresionaba mucho. Tras un largo paseo por la zona del casco antiguo, el atardecer nos sorprendió a las 20:00. Poco a poco, después de ver los edificios más emblemáticos de Varsovia (casa de la cultura, plaza de ayuntamiento, la ópera, etc.) nos fuimos andando hacia el hotel, y la noche nos atrapó a eso de las 20:45. “Qué pronto“, pensé. Anduvimos largo camino sin apenas luz por la calle pero, fue curioso: nunca me había sentido tan segura en una ciudad extranjera. En esas mismas condiciones, me sentí muchísimo más insegura en París que en Varsovia. No sabría responder por qué, pero la atmósfera transmitía calma y seguridad.

Al llegar al hotel, cenamos y dormimos varias horas, ya que al día siguiente teníamos que viajar hacia Cracovia. Nuestro tren salía a las 10:30 hacia esa ciudad donde pasaríamos casi 4 días. Varsovia me decepcionó y me gustó a la vez. Me la imaginaba más grandiosa, pero no era consciente del daño que sufrió tras la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, presenciar ese contraste fue espectacular.

¿Y qué tal los idiomas?

El polaco es un idioma excesivamente difícil para los españoles, al no tener muchos de sus fonemas en el castellano. De hecho, una construcción tan aparentemente sencilla como decir “buenos días” en polaco (pronunciado algo así como “señi drobi“) puede ser una auténtica odisea y, al mínimo fallo, probablemente estés diciendo alguna barbaridad. La juventud habla inglés con bastante fluidez, no así los mayores, que suelen hablar muchos idiomas (polaco y ruso como mínimo, y otros también hablan checo, eslovaco, rumano…) pero no el inglés.

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